Introducción
Desde el siglo XVI y por razones que nos llevaría demasiado tiempo exponer, España se distancia de Europa en lo tocante a la ciencia y la filosofía. La filosofía ha ocupado en la cultura española un lugar marginal hasta prácticamente el siglo XX. La creación en 1876 de la Institución Libre de Enseñanza, cuya alma fue Giner de los Ríos, ayudará, junto con otras instituciones, a la renovación de las instituciones educativas que favorecerán el florecimiento de la actividad cultural y de la filosofía. Pero el gran impulso de la actividad filosófica en España se la debemos, sin lugar a dudas, a Ortega y Gasset, quien desde su cátedra, artículos en periódicos, ensayos y revistas dará a conocer los temas fundamentales de la filosofía y a los filósofos clásicos y recientes. Su labor pedagógica y divulgativa fue en este sentido absolutamente admirable.
Ortega entiende que la filosofía que se viene haciendo en Europa desde el siglo XVI está en crisis, crisis que le llevará a buscar un nuevo punto de partida y, por tanto, representa la ocasión oportuna para que España se incorpore a la actividad filosófica. Ortega logra despertar el interés por la filosofía y consigue reunir un grupo de personas dispuestas para dicha actividad lo que permite un florecimiento en la vida cultural española y una mejora considerable en las instituciones educativas. Todo este proceso se vio truncado con el estallido de la Guerra Civil y el posterior exilio de una parte importante de sus protagonistas. Recordemos sólo algunos de esos ilustres nombres: Ferrater Mora, José Gaos, García Morente, García Bacca, María Zambrano, etc.
Ortega y la filosofía
La filosofía es para Ortega un saber radical, autónomo y universal. Radical en el sentido que se ocupa de las cuestiones más fundamentales; autónomo en el sentido de que prescinde de cualquier apoyo, de cualquier presupuesto cuestionándolo todo y revisando cualquier principio; universal en tanto que se ocupa de todo cuanto hay, nada queda fuera de su interés, de su ambición de saber. La filosofía es además un saber teórico, es decir, un saber basado en conceptos. Esto último es esencial para distinguirla de cualquier misticismo o religión, de cualquier visión irracional. Lo inefable no tiene cabida en la filosofía. Entiende que hasta ese momento la filosofía ha desdeñado preocuparse de ciertas cuestiones por considerarlas de escasa importancia. En ese sentido Ortega entiende que todo debe tener cabida en la reflexión filosófica, que todo aquello que afecte al hombre puede y debe requerir una reflexión filosófica

Una de las cuestiones que preocupan a Ortega es la situación de decadencia en la que vive España. La generación del 98 se había planteado el «problema de España» y frente a Unamuno Ortega cree que lo que España necesita para salir de la situación de atraso en la que vive es volverse hacia Europa. Europa representa para Ortega el saber, la ciencia, el conocimiento racional. La decadencia española se basa, pura y simplemente en la falta de ciencia (donde incluye también a la filosofía), de saber rigoroso. Es el saber, la investigación lo que ha hecho posible el despegue de Europa, lo que ha hecho posible su desarrollo moral, político y material. Para este saber rigoroso se necesita: precisión conceptual, hábito crítico y racionalidad, hábitos de los que carecemos. Los españoles, según Ortega, tenemos numerosos vicios: discutimos sin definir previamente los conceptos sobre los que discutimos, es decir, sin acotar sobre qué campo de la realidad estamos discutiendo; juzgamos las cosas más con el corazón que con la cabeza; carecemos de orden y sistematicidad en nuestras argumentaciones; y lo que es peor, nos importa más quién dice algo que lo que dice, atacamos a las ideas y las opiniones no por ellas mismas sino por quien las defiende. De ahí la insistencia de Ortega «a las cosas, salvémonos en las cosas». Todo esto tiene su causa en la falta de autentica preparación, de autentica formación del pueblo español. Aunque Ortega reclame que nos volvamos hacia Europa, esto no implica para él un rechazo de nuestra tradición, una negación de ésta; tan solo pide que hagamos compatibles ambas tradiciones.
Hay que convencer a los españoles de la necesidad del saber, del rigor conceptual, de la teoría. Pero además hay que abonar el terreno para que ésta pueda surgir. Los españoles no están preparados, carecen de la formación y de la actitud necesaria y por ello hay que persuadirles, por todos los medios posibles, de esa necesidad e introducir poco a poco el rigor conceptual necesario para toda investigación, para toda labor teórica. Desde esta intención es desde donde hay que entender el carácter peculiar de la obra de Ortega. Una primera característica de su obra es que huye del tecnicismo: intenta, tal y como lo hacía Platón, realizar la investigación filosófica desde el lenguaje común para hacerla llegar al mayor número de gente posible. Además su obra carece del carácter sistemático que suelen tener las obras de filosofía y está diseminada, esparcida en numerosos artículos periodísticos, conferencias, ensayos y todo ello debido a su profunda vocación pedagógica. Había que hacer llegar ese amor y necesidad por el saber, por la filosofía y Ortega entiende que el artículo y la conferencia son los medios más adecuados para su labor pedagógica. Otro de esos medios es el ensayo en el sentido en que lo definió Montaigne, esto es, como un examen provisional y parcial de algún aspecto de la realidad. Mediante el ensayo, menos arduo que la obra técnica, quiere hacer llegar a los españoles de principios del siglo XX el saber y la filosofía necesarias para la regeneración de España.
Aunque Ortega es un defensor de la teoría y del rigor conceptual, es también muy crítico con la noción de razón heredada de la filosofía moderna. Para ésta la cualidad fundamental del hombre es la razón, pero para Ortega la razón se deriva de una realidad aún más radical: la vida; y en la medida en que la razón no sea capaz de dar cuenta de la vida, tal y como ésta es, será una razón insuficiente. La filosofía moderna se caracteriza, según Ortega, por la subjetividad y por la prioridad absoluta de la razón que desplegaba desde sí una legalidad que imponía a la realidad (piénsese por ejemplo en Kant). Dicho concepto de razón ha sido cuestionado por la filosofía más reciente (Nietzsche, por ejemplo) haciendo entrar en crisis a la filosofía. La obra de Ortega hay que entenderla como una doble tarea: su vocación pedagógica, anteriormente señalada, y su intento de renovación de la filosofía, su propuesta de solución –el raciovitalismo- a la crisis mencionada.
Vida y obras
José Ortega y Gasset nació en Madrid en 1883, durante la Restauración monárquica de Alfonso XII. La familia de su madre era propietaria del periódico El Imparcial y su padre era el director. Estudió bachillerato en el colegio que tenían los jesuitas en el Palo (Málaga). Después de licenciarse en Filosofía en la Universidad Central de Madrid, se marcha a Alemania para ampliar sus estudios. Asiste a las Universidades de Leipzig, Berlín y Maburgo donde estudia con H.Cohen y Natorp (neokantianos). Inicia su actividad docente en la Escuela de Magisterio y en 1910 gana la cátedra de Metafísica de la Universidad de Madrid. Funda y dirige la Revista de Occidente, que aún se publica. En 1929 dimite de su cátedra por problemas políticos: la dictadura de Primo de Rivera. Continúa sus clases en un teatro (a modo de conferencias) y de ellas saldrá el libro ¿Qué es filosofía?
Fiel a su preocupación por el «problema de España», después de los acontecimientos del 98 interviene intensamente en política colaborando en la proclamación de la II República. En 1930 vuelve a la Universidad y en 1931 funda, junto a R. Pérez de Ayala y Gregorio Marañón, la “Agrupación al Servicio de la República” que aspira a una reforma integral de la vida española, tanto del Estado como de la sociedad. En 1936 abandona España y marcha a París y, más tarde, a Holanda y Argentina. Poco después fija su residencia en Portugal y en 1945 regresa a España. Funda, en 1948 junto con Julián Marías el Instituto de Humanidades. Murió el 18 de Octubre de 1955.
Entre sus obras filosóficas, independientemente de su enorme producción literaria y periodística, destacamos las siguientes:
-
Meditaciones del Quijote
-
Verdad y perspectiva (publicada en el Espectador)
-
España invertebrada
-
El Tema de nuestro tiempo
-
La deshumanización del arte
-
La rebelión de las masas
-
¿Qué es filosofía?
-
En torno a Galileo
-
Ideas y creencias
-
Historia como sistema
Después de su muerte se publicaron:
- El hombre y la gente
- La Idea de principio en Leibniz
- Unas lecciones de metafísica
El perspectivismo
Uno de los temas más conocidos de la filosofía orteguiana es la insistencia de nuestro autor en atender a las circunstancias: «Yo soy yo y mis circunstancias…». Es decir, toda reflexión teórica, toda actividad vital parte de unas determinadas circunstancias. Éstas pueden ser «mayúsculas»: la tradición judeo-cristiana (en nuestro caso), la filosofía griega, etc.; o pueden ser «minúsculas», es decir, las más cercanas al individuo: su lugar de nacimiento, familia, grupo de amigos, etc. Generalmente nos ocupamos de las mayúsculas y la filosofía ha desatendido las minúsculas. Ortega nos invita a que reflexionemos también sobre ellas porque son las que configuran la realidad en la que vivimos y de la que partimos y las que nos van a dar nuestra peculiaridad. Las circunstancias son nuestro anclaje en el mundo, el punto de partida de nuestra vida. Todo cuanto haga el hombre deberá hacerlo teniendo en cuenta sus circunstancias. La realidad circundante forma la otra mitad de mi persona.
Esta peculiaridad ha sido diversamente interpretada por la tradición filosófica. Para la filosofía de corte racionalista la peculiaridad individual no ha de ser tenida en cuenta puesto que impide el conocimiento. Conocer, dice el idealismo racionalista, implica crear una representación de la realidad que sea acorde con ella. Para ello el sujeto debe ser un medio trasparente que capte la realidad tal y como es, sin deformarla, sin someterla a las peculiaridades del sujeto cognoscente. Por eso el sujeto, el yo que le interesa al racionalismo, es el yo puro, desencarnado, universal, exactamente igual a cualquier otro yo. Para el escepticismo relativista este yo puro no existe, pues no es posible el conocimiento ya que éste sólo existe allí donde hay una visión de la realidad universalmente válida. Como el individuo, debido a sus peculiaridades, a su singularidad capta la realidad deformándola (desde su punto de vista) el conocimiento no es posible.

Pero para Ortega el sujeto ni es un medio trasparente ni deforma la realidad al captarla. Lo que hace el sujeto es captar una porción, una selección de la realidad pero sin deformarla. Así como un cedazo deja pasar unas cosas y retiene otras el individuo, por su imbricación en unas determinadas circunstancias, capta una parte de la realidad y se le escapa otra. Cada individuo da cuenta de la realidad desde su perspectiva vital. Un arroyo no es percibido del mismo modo por un amante de la pesca, por un pintor o por un biólogo. Cada uno percibe el mundo en función de su situación, en función de sus intereses (no necesariamente en sentido egoísta) y de sus expectativas; y lo que es percibido por el pintor no es exactamente lo que percibe el biólogo, aunque sería absurdo decir que la perspectiva de uno de ellos es falsa simplemente porque no coincide con la de los otros; sería absurdo sostener que lo que uno ve no existe simplemente porque los demás no lo captan. Dichas perspectivas ni son falsas, ni son ilusorias por no coincidir entre sí. No existe “el arroyo en sí”, es decir, lo que sería el arroyo independientemente del sujeto que lo contempla; el conocimiento es una actividad del ser humano y éste siempre contempla la realidad desde una determinada perspectiva. Como llega a decir Ortega, la perspectiva forma parte de la realidad, lejos de ser una deformación de la realidad.
Para el racionalismo la peculiaridad individual era un estorbo puesto que implicaba concepciones divergentes de la realidad. Para Ortega la divergencia no es eliminable ni es un impedimento para el conocimiento. Cada individuo, cada generación, cada época es un punto de vista insustituible, esencial para la verdad; lo que ve (piensa, desea, etc.) no lo puede ver nadie más. Pero aceptar esto no implica caer en el relativismo. Que una perspectiva sea real no quiere decir que sea la única real. Pero tampoco todas las perspectivas son iguales: unas atesoran más realidad que otras, dan cuenta de más realidad. La verdad consiste en la articulación de las diversas perspectivas. La única perspectiva falsa es aquella que pretende ser la única perspectiva válida. La doctrina del punto de vista o perspectivismo implica un cambio en nuestra concepción de la razón; la razón pura ha de ser sustituida por una razón vital, por una razón que dé cabida a la peculiaridad de la vida.
El Raciovitalismo
Suele considerarse el raciovitalismo, también denominado razón vital, como la doctrina de madurez de Ortega. El raciovitalismo viene a ahondar en su teoría perspectivista y, como su nombre indica, supone un intento de superar críticamente las posturas vitalistas y racionalistas. Empezaremos exponiendo la crítica que Ortega realiza a dichas tesis y posteriormente nos ocuparemos de la suya.
Crítica al vitalismo
Por vitalismo filosófico, según Ortega, cabe entender dos teorías bien distintas:
– Aquella teoría del conocimiento que afirma que éste no es más que un proceso biológico y que para entenderlo adecuadamente hay que utilizar conceptos y términos tomados exclusivamente a la biología. En definitiva, explicaríamos el conocimiento como explicamos el funcionamiento del corazón.
– Un tipo de filosofía, representada fundamentalmente por Bergson, que afirma que hay un conocimiento de la realidad superior al que nos puede proporcionar la razón y que consiste en la vivencia íntima con las cosas. Todo conocimiento teórico implica una cierta distancia con el objeto que se pretende conocer pero Bergson sostiene que esto nos impide captar realmente el ser de las cosas. El único modo que tenemos de captar la realidad auténticamente, según Bergson, es la vivencia íntima con las cosas, sin distanciamiento alguno. Así mediante una intuición, que está más allá de nuestra capacidad racional, podremos captar el ser de las cosas.
Con respecto a la primera acepción del término, Ortega indica que esa actitud supone eliminar la reflexión auténticamente filosófica y, además, una reducción del saber a la ciencia. Con respecto a la segunda Ortega señala que razón y teoría son términos sinónimos y que ahí donde haya verdadero conocimiento teórico éste será racional o no será conocimiento de ningún tipo. Únicamente hay saber, conocimiento cuando podemos dar razón de eso que decimos conocer. Y dar razón de algo no es más que aclarar ese algo, poner de manifiesto su ser, en definitiva definir; es decir, descomponer algo en sus elementos, reducir lo simple a lo complejo.
Crítica al racionalismo
Por racionalismo entiende Ortega aquella actitud consistente en mistificar la razón, en creer que la razón carece de límites y que, por tanto, la realidad es tal y como nuestra razón es capaz de describir e incluso que la realidad debe someterse a los dictados de la razón. Antes hemos señalado que dar razón de algo es definir pero este proceso no puede ser llevado al infinito puesto que los últimos elementos no pueden ser definidos por lo que la razón se topa con su límite, tiene que aceptar que no puede dar cuenta de todo lo real y que, además, se eleva sobre elementos “irracionales”, en el sentido de que no puede ser captados por la razón (no en el sentido de ilógicos). La razón en su quehacer se topa con el abismo de lo irracional. Este límite de la razón lo encontramos también en el conocimiento científico. La ciencia es un conocimiento por causas. Todo tiene una causa que ha de ser puesta de manifiesto. Todo fenómeno es el resultado de sus condiciones (de sus causas) pero como dijo Kant es imposible un conocimiento de la totalidad de las causas. Cuando nos preguntamos, por ejemplo, por el origen del Universo tenemos que ser conscientes que esa pregunta jamás será satisfactoriamente contestada. Supongamos que alguien descubre que el origen del Universo es «X» (sea lo que sea); pues bien, esta solución no es satisfactoria porque a continuación nos preguntaremos: «¿y cuál es la causa de X?». Como se puede comprobar es una tarea infinita que nos conduce nuevamente a lo irracional (nuevamente en el sentido que no podemos dar cuenta de algo puesto que no podemos establecer el conjunto de causas de ese algo). Otra posible solución sería, tal y como hizo la filosofía medieval con Dios, decir que ese X es causa de sí mismo, pero esto tampoco satisface a la razón.
Raciovitalismo
Esta postura filosófica es aquella que entiende que el método de conocimiento es el racional (reconociendo los límites que tiene la razón) pero que a su vez entiende que hay algo previo a la razón: la vida. El problema de la vida debe ser la tarea fundamental de la razón, del pensamiento, de la actividad teórica. La razón emerge de la vida a la vez que ésta no puede subsistir sin la razón. Insiste Ortega en señalar que su teoría raciovitalista no va en contra de la razón sino contra el racionalismo.
Dice Ortega que la vida es la realidad radical. Es realidad radical porque es previa a todo conocimiento, a todo saber. No es que sea causa de todo, sino que es el ámbito donde todo aparece, donde se manifiesta la realidad; a ella tenemos que referir toda otra realidad y por ello la razón, la reflexión debe dirigirse ante todo a comprender ese ámbito. Todas las demás actividades, incluso la filosofía, son facetas de la vida. Veamos, por tanto, como entiende Ortega la vida
Las categorías de la vida
Ante todo señalar que la vida de la que habla nuestro autor no es el concepto abstracto de vida, sino la vida humana, la vida del hombre y esa vida es siempre una vida individual, personal; cada cual tiene su vida. La vida es una ineludible responsabilidad, nadie puede vivir por nosotros; la vida es intransferible. La vida es, además, acontecimiento; vida es lo que hacemos y lo que nos pasa. La vida es quehacer. Quehacer en el sentido no sólo de que vivir es hacer algo sino en el más radical de que cada uno ha de hacerse su propia vida. El resto de los animales ya la tienen hecha, la vida ya les viene dada prácticamente. El perro no se plantea a qué se va a dedicar en esta vida, si va a ser honrado, o si la felicidad viene por tener muchas cosas. Aunque el hombre no elige nacer la vida que se le da está vacía y es él quien tiene que llenarla, hacerla. Su vida es su quehacer. Es importante resaltar esto porque cada vez más gente nos cuenta su vida como si no fuese suya: todo es culpa de su familia, sus amigos, los profesores, el gobierno, etc. Efectivamente las circunstancias en las que se circunscribe mi vida están ahí pero dentro de ellas yo tengo diversas posibilidades, diferentes quehaceres que son fruto de mi decisión, de mi libertad. Para el hombre la vida es indeterminación, libertad. Los instintos a los animales le dan prácticamente resuelto lo que tienen que hacer en cada caso; el hombre tiene que elegir constantemente. La vida es libertad. Es cada individuo el que tiene que elegir, que decidir. Pero esta elección no se realiza en el vacío sino que la vida está ya inserta en unas condiciones, en unas circunstancias que delimitan un número limitado de quehaceres, de posibilidades. Es por tanto una vida finita, doblemente limitada. Limitada por las condiciones en que surge y, limitada también, porque la vida no es eterna con lo que la posibilidad del error, del quehacer equivocado está siempre presente.
La vida es además proyecto. Todo quehacer es un hacer en pos de algo. Pero las circunstancias en las que nos ha tocado vivir nos pueden frenar, limitar nuestro proyecto. La realidad nos obliga a diferenciar entre quien somos y quien queremos ser. Esta proyección hacia lo que queremos ser la denomina Ortega vocación. No se refiere exclusivamente a la vocación profesional sino a todo un proyecto de vida.
Suponer la vida como realidad radical con las características que Ortega destaca conlleva una negación del ser como algo estático, eterno e inmutable; es decir supone una crítica a la noción parmenídea del ser que es la que ha estado supuesta en toda la filosofía occidental hasta Hegel y Nietzsche. El ser ha de ser entendido de un modo no estático, de ahí que la razón vital orteguiana sea en su núcleo una razón histórica. La vida no tiene naturaleza, no es algo sino que es movimiento, puro devenir; la vida es movilidad y cambio. La vida no tiene naturaleza sino historia y sólo puede ser comprendida desde una razón histórica. La vida es lo que es por aquello que la precede, por su pasado; la vida es historicidad. La razón histórica es una razón narrativa. Para comprender al hombre (sea en sentido individual o colectivo) es preciso contar una historia, narrar su historia. La vida sólo se comprende desde la razón histórica.

El fenómeno de las masas
Sin duda la obra más famosa y conocida de Ortega, dentro y fuera de España, es La rebelión de las masas. En ella afronta con valentía el fenómeno de las masas tan característico de la sociedad contemporánea. Ortega sostiene que la sociedad actual se halla desmoralizada, desorientada y un síntoma de esto es la rebelión de las masas cuya causa es la desmoralización de Europa. Por rebelión de las masas entiende Ortega el advenimiento de la masa al pleno poderío social. Veamos esto detenidamente.
Lo primero que hay que decir es que «masa» no es una categoría política o económica. El hombre masa es el que no está especialmente cualificado, el hombre corriente y moliente, el hombre medio; aquél que no se diferencia de otros hombres sino que es en sí mismo un tipo genérico. Frente a la masa se halla la minoría selecta, aquellos hombres que han sobresalido por sus capacidades y que han dirigido la historia aunque no tengan el poder. La han dirigido con su esfuerzo, con sus ideas, con su dedicación. Son los hombres capaces de idear buenos proyectos. Debemos insistir nuevamente en que no se trata de categorías políticas o económicas; la minoría selecta comprende aquel tipo de personas que se exigen a sí mismos, que no se conforman con lo que son y pretenden ser cada vez mejores (no tener más). El hombre excelente (también llamado noble) es el que nunca está satisfecho, el que se impone unas obligaciones, una disciplina que lo fuerza a dar lo mejor de sí.
Lo que ocurre en nuestro tiempo es que se han invertido los términos: hasta ahora el hombre masa se dejaba guiar, conducir por la élite; ahora impone su vulgaridad, su sinrazón (el «porque sí» es característico del hombre masa); se ha rebelado. La vida pública, que es algo más que la vida política puesto que incluye la moral, el arte, la religión, etc., está dominada por el hombre masa. El alma vulgar, sabiéndose vulgar afirma el derecho a la vulgaridad y lo impone (¡y eso que en época de Ortega no había televisión!). El hombre masa es el que está satisfecho de sí tal y como es, el que está satisfecho de ser vulgar. Da por bueno lo que en sí encuentra: opiniones, gustos y apetitos. Al estar satisfecho de sí no escucha y no pone en tela de juicios sus gustos y opiniones. Como no escucha no puede ser crítico consigo mismo y acaba imponiendo, por tanto, lo suyo, su vulgar opinión.
Con al advenimiento del hombre masa al poderío social la vida humana ha descendido. Durante los siglos XVIII y XIX la sociedad realizó un gran esfuerzo por alcanzar el progreso moral y técnico. Pero en el siglo XX la sociedad se comporta como si esto que hemos logrado fuese un regalo, como si no hubiese costado conseguirlo; algo a lo que se tiene derecho pero que no hay que hacer nada ni para conservarlo ni para mejorarlo. Tal situación nos puede conducir a la barbarie: primero porque no hacemos grandes esfuerzos por conservar lo logrado, y en segundo lugar porque carecemos de proyectos puesto que el hombre masa no los tiene. Evitar esta barbarie exige al hombre estar a la altura de los tiempos y para ello debe conocer su historia y valorar el esfuerzo de los que hicieron posible lo que ahora tenemos.
Bibliografía
- Chamizo Domínguez, P.J., (1985) Ortega y la cultura española, Madrid: Cincel
- Lasaga Medina, J., (1997) Ortega y Gasset (1883-1955), Madrid: Ediciones del Orto
- Morán, G., (1998) El maestro en el erial. Ortega y Gasset y la cultura del franquismo, Barcelona: Tusquets
- Ortega y Gasset, J., (1984) ¿Qué es filosofía?, Madrid: Espasa-Calpe
(1993) La rebelión de las masas. Barcelona: Ediciones Altaya
(2022) El tema de nuestro tiempo, Madrid: Alianza Editorial