Decepcionado por la organización política de su época, considera que la razón de dicha situación se debe a que los gobernantes carecen del saber necesario y adecuado para dirigir la polis. Y no saben porque no han recibido la educación necesaria para ello, ya que han sido formados por los «poetas» o por los sofistas. La poesía oral era la base del sistema tradicional de enseñanza en el mundo helénico. La Ilíada, la Odisea, la Teogonía, etc., constituían un depósito inagotable de conocimientos, una “enciclopedia” de ética, política, historia, etc., que gracias a la recitación oral se transmitía de generación en generación. Pero, para Platón, la actitud poética no es compatible con el pensamiento racional. Por ejemplo, en la poesía se nos dice que Aquiles, Héctor o Agamenón hicieron tales o cuales actos nobles pero nada se habla allí de qué es la nobleza. La poesía se atiene a lo concreto, a lo particular y la ciencia, el saber tiene por objeto lo universal. La poesía repite y revive los “hechos” del pasado, el conocimiento clasifica y analiza la realidad. Platón cree que la poesía griega impide el desarrollo del pensamiento conceptual que es la base del saber. Los sofistas, conscientes de que el sistema tradicional de enseñanza ya no es el más adecuado para las nuevas necesidades de la época, añadieron nuevos elementos al sistema educativo, pero no modificaron su base. No buscaban enseñar qué son las cosas, sino cómo tener éxito. No buscan conocer cómo es la realidad en sí, sino que siguen ateniéndose a lo concreto, al hecho particular, no a la esencia de las cosas. De ahí su relativismo y la oposición frontal de Platón a los sofistas.
Platón entiende, y así lo manifiesta claramente por vez primera en la historia de la filosofía, que el conocimiento científico, el verdadero saber es un conocimiento por causas y que tiene por objeto lo universal y permanente. Cuando la Física estudia el agua no estudia las propiedades de «este agua» o de «aquélla» sino «del agua en sí» y ésta no puede ser captada por los sentidos, sino por la razón. Además, para Platón, la ética y la política son también ciencia, saber y, por tanto han de tener un objeto universal y necesario. Lo que sea la justicia no depende de ti o de mí, la justicia es algo en sí misma, que debemos conocer si queremos ser justos, por eso sólo el que sabe puede gobernar bien, sólo el sabio puede ser un buen gobernante porque es el que sabe qué hacer en cada momento, qué medida es la más adecuada en cada situación. Y para tener hombres sabios lo único que tenemos que hacer es formarlos adecuadamente, darles la educación necesaria, alejándolos de lo particular y lo concreto para que puedan captar racionalmente lo universal y permanente.
Vida y obras
Ateniense de ilustre familia (428/7 – 348/7 a.C.) su verdadero nombre era Aristócles, “Platón” era un mote. En su juventud se dedicó a la poesía componiendo varias tragedias que, al parecer, destruyó cuando conoció a Sócrates. Como correspondía a un joven de origen aristocrático, aspiraba a formar parte del gobierno de su polis, a tomar un papel preponderante en la dirección de la ciudad, pero pronto se sintió desengañado por la oligarquía de los «Treinta Tiranos» y posteriormente por la democracia que condenó a muerte a Sócrates. Después de este suceso viajó al sur de Italia, donde entró en contacto con la escuela pitagórica, y a Sicilia. Allí conoció a Dion, cuñado del tirano de Siracusa, Dionisio, y que al pretender llevar a cabo las teorías políticas de Platón puso en serio peligro la vida de éste. A su regreso a Atenas fundó la Academia, una especie de escuela superior o universidad donde pretendía educar a los futuros gobernantes y dirigentes de la ciudad.

Todas sus obras están escritas en forma de diálogo y, en la mayor parte de ellas, el interlocutor principal es Sócrates. El que estén escritas así no es un mero recurso estilístico sino que parece responder a su manera de entender el saber y la investigación. Ésta no es una actividad solitaria sino que el saber surge del diálogo, de la confrontación de opiniones en búsqueda de la verdad. El diálogo ayuda a poner de manifiesto la inconsistencia de los lugares comunes, de la opinión común.
Se suelen dividir las obras de Platón en cuatro etapas. Nosotros nos vamos a limitar a indicar los diálogos más importantes de cada una de estas etapas.
Diálogos socráticos o de juventud: en éstos Platón refleja más o menos fielmente como debió de ser Sócrates y los temas por él tratados. De esta época son la Apología, Critón, Ion, Protágoras.
Diálogos de transición: en ellos comienzan a desarrollarse las ideas platónicas. De ese período son: Gorgias, Eutidemo, Cratilo y Menón.
Diálogos de madurez: en ellos aparecen ya formuladas las grandes teorías de Platón. A esta época pertenecen: Banquete, Fedón, República, Fedro.
Diálogos críticos: se cuestionan y revisan algunas teorías como por ejemplo la teoría de las Ideas. Los más importantes son: Parménides, Teeteto, Sofista, Timeo y las Leyes.

La teoría de las Ideas
Platón parte de la diversidad de cosas que hay en el mundo: hay animales y plantas, estrellas y planetas, etc., y se pregunta qué es lo que en cada cosa (o tipo de cosas) y para cada cosa constituye el ser, qué es lo que hace que el gato sea gato, por ejemplo, y que no sea cualquier otra cosa. Lo que hace que algo sea algo es también lo que tienen en común un conjunto o tipo de cosas. Es decir, lo que hace que el gato sea gato es también lo que tienen en común todos los gatos. Pues bien, eso es lo que los griegos llamaron el eidos, es decir, la esencia. «Eidos» significa el aspecto que tiene una cosa, su forma de aparecerse, de mostrarse. La teoría de las Ideas[1] afirma que esas «esencias» tienen una existencia separada de las cosas, o dicho de otro modo, que existen unas realidades absolutas, eternas e inmutables, las Ideas, que existen fuera de las cosas que percibimos y que dan a estas últimas su ser. Veamos esto más despacio. Algo es un gato, o una flor, o algo es bello porque posee un conjunto de cualidades o determinaciones que le hacer ser tal. Ese conjunto de cualidades o determinaciones es lo que llamamos la esencia. Ésta entendemos que es única: existe una «esencia-gato», una «esencia de belleza», etc., sin embargo vemos que existen muchas cosas bellas, muchos gatos. Por otro lado, vemos que las cosas, los entes[2], nacen y perecen, cambian y varían, pero la esencia permanece, siempre es la misma. Aunque ya no existan los dinosaurios, éstos son algo, poseen una esencia, un conjunto de determinaciones que permanece y, por eso, podemos hablar de ellos y distinguirlos de otros tipos de entes. Así podemos concluir que la esencia, el eidos, no es lo mismo que los entes, que las cosas. La esencia es única e inmutable, los entes son múltiples y sujetos al devenir. Como la esencia no es lo mismo que los entes Platón entendió que estaba separada de los entes, que las esencias tiene una existencia separada de las cosas y las llamó Ideas (de hecho «Idea» significa también aspecto o forma que algo ofrece, por eso se la llama también teoría de las Formas). Él postula que las Ideas no son parte del mundo sensible, del mundo del cambio y del devenir, sino que (así como los números y los entes matemáticos) tienen una existencia aparte en el mundo de las Ideas. Y aunque no forman parte del mundo sensible son las que hacen que los entes sean como son. Es decir, lo que hace que un gato sea «un gato» es la esencia «gato», es decir, la Idea «gato». La Idea de justicia, por ejemplo, sería el conjunto de determinaciones que hacen que algo sea justo; sería, además, lo justo en sí mismo considerado, sin mezcla de ninguna otra cosa, la esencia de lo justo, lo puramente justo y nada más que justo. Y la «justicia en sí» o la Idea de justicia no está en las cosas, no pertenece a los actos justos, a los hombres justos o a las leyes justas, sino que pertenece al mundo de las Ideas. Y un acto o ley será justa en la medida en que imite o participe de la Idea de justicia.

Con la teoría de la Ideas Platón pretende solucionar el problema de lo uno y lo múltiple, de lo eterno e inmutable frente al mundo del devenir, a lo que ya nos hemos referido más arriba. También, con esta teoría se pretende dar una base sólida al saber. La ciencia, el saber[3], sólo es posible si tiene por objeto lo inmutable. Cuando la Física estudia la velocidad o el agua, por ejemplo, y nos dice que v=s/t, no está hablando de la velocidad de éste u otro cuerpo, sino de la velocidad en sí, y está suponiendo, además, que la velocidad siempre es igual al espacio partido por el tiempo[4]. Si a la Física le interesa estudiar la velocidad es porque ésta no varía, es única e inmutable. La ciencia se ocupa de lo universal (de la esencia) e inmutable. Sin las Ideas, según Platón, no es posible la ciencia porque en el mundo sensible sólo vemos cosas individuales, no generales, no universales, y cosas que nacen y perecen. Sin las Ideas no es posible un conocimiento verdadero basado en razones, es decir, no es posible el auténtico saber, la ciencia.
También nos sirve la teoría de las Ideas para desautorizar el relativismo de los sofistas y su modelo de enseñanza. Los sofistas admitían que la «justicia» puede ser distinta para cada hombre, para cada pueblo y, por tanto, no es necesario investigar en qué consiste (puesto que no es nada) sino decir en cada momento lo que nuestro auditorio quiere oír. No se trata de conocer la verdad (puesto que según los sofistas no existe) sino de convencer. Pero si existe la Idea de justicia, o de bondad, o de belleza, éstas tienen un valor objetivo que hay que conocer y una vez conocido realizar. Así la teoría de las Ideas da validez universal a los valores ético-políticos cuestionando el relativismo de los sofistas. Si estos valores son Ideas son algo que está ahí, fuera de nosotros, independientes de nuestro parecer. Si queremos ser justos lo que tenemos que hacer es contemplar la Idea de justicia, captarla racionalmente para saber en qué consiste.
La relación que existe entre los entes y las Ideas la describió, metafóricamente Platón, como una relación de imitación o de participación. Pensemos, por ejemplo, en la justicia. Una persona, una ley es más o menos justa en la medida en que se “parece” a la «justicia en sí», a la Idea de justicia, esto es, en la medida en que participe de la Idea o imite a la Idea de justicia. Lo auténticamente justo es la Idea de justicia; las leyes, las personas serán justas en la medida en que participen de la Idea de justicia. Si el que algo sea justo o no depende de la Idea de justicia, quiere decir que la Idea de justicia es lo auténticamente real. Así lo auténticamente real es el mundo de las Ideas y no el mundo sensible puesto que en este último las cosas son en la medida en que participan del mundo Inteligible (mundo de las Ideas, también llamado así por Platón). El mundo de las Ideas representa la auténtica realidad y es independiente de nosotros.
Esto último nos plantea un nuevo problema: ¿cómo sabemos que existen las Ideas? Según Platón, porque saber es recordar. Esta concepción platónica del saber se conoce como teoría de la reminiscencia o anámnesis. Nuevamente Platón recurre al mito y a la metáfora para explicar por qué al ver las cosas de este mundo no nos conformamos y buscamos algo más: la justicia en sí, la belleza en sí, etc. El alma, que es inmortal, ha contemplado el mundo de la Ideas y al “bajar” a este mundo, al habitar en un cuerpo y observar las cosas, los entes, éstos nos recuerdan el original, esto es, la Idea. Esto lo explica en su diálogo Menón. Allí, ante la mirada de sus conciudadanos, hace que un esclavo, sin ningún tipo de formación, llegue a deducir el Teorema de Pitágoras ¿Cómo es esto posible? Porque su alma ha contemplado, antes de venir a este mundo, el mundo de las Ideas.
Para recapitular podemos resumir la teoría de las Ideas en los siguientes puntos fundamentales:
- Existen unas realidades puramente inteligibles como lo bello en sí, lo justo en sí, que son eternas e inmutables y que sólo pueden ser captadas por la razón (puesto que son inteligibles). Estas entidades son las Ideas y son el objeto adecuado de la ciencia, es decir, le proporcionan a ésta la universalidad y permanencia necesarias para que exista un saber verdadero basado en razones.
- Existen dos mundos o dos modos de existencia: el mundo sensible y el Mundo Inteligible o mundo de las Ideas. Este último es eterno e inmutable, lo captamos a través de la razón y es el auténticamente real. El segundo es cambiante y en él nada permanece. Es el mundo que captamos mediante los sentidos y tiene una realidad aparente.
- Los entes, las cosas son lo que son en la medida en que imitan o participan de las Ideas. De modo que si su ser les viene de las Ideas el mundo verdadero es el mundo Inteligible. Las Ideas son las que dan cuenta del ser de las cosas
- El hombre pertenece a los dos mundos. Su alma, que es inmortal, es lo que le permite captar, ver el mundo Inteligible; su cuerpo forma parte del mundo sensible.[5]
Y ya para terminar con esta teoría, hay que señalar que el mundo de las Ideas no está formado por un mero aglomerado de Ideas, totalmente inconexas entre sí, sino que están conectadas, relacionadas unas con otras formando un sistema, un todo ordenado. Es evidente que existe una relación entre la Idea de «herbívoro» y la Idea de «animal», una nos lleva a la otra y una es más general que la otra. Así encontramos ideas más genéricas y menos. En la cúspide de este mundo estaría la Idea de Bien. Ésta sería algo así como la «Idea de Idea», «la Idea en sí». Platón, en la República, compara la Idea de Bien con el Sol. «-Pienso que puedes decir que el sol no sólo aporta a lo que se ve la propiedad de ser visto, sino también la génesis, el crecimiento y la nutrición, sin ser él mismo génesis. -Claro que no. –Y así dirás que a las cosas cognoscibles les viene del Bien no sólo el ser conocidas sino también de él les llega el existir y la esencia, aunque el Bien no sea esencia sino algo que se eleva más allá de la esencia en cuanto a dignidad y potencia»[6]
Aunque en sus últimos diálogos Platón cuestiona algunos aspectos de su teoría, nos ocuparemos de ello cuando estudiemos a Aristóteles.
Teoría del conocimiento
Platón distingue entre el verdadero saber, la ciencia o episteme y el conocimiento aparente o doxa. El conocimiento que tiene por objeto el Mundo Inteligible y como órgano la razón es la ciencia o episteme. Aquel otro conocimiento que tiene por objeto al mundo sensible y como órgano a los sentidos es la opinión o doxa. La opinión puede ser verdadera o falsa, correcta o incorrecta; el auténtico saber, la ciencia, no; la episteme es siempre verdadera. Además, la opinión puede variar, hoy opino una cosa y mañana puede que opine otra; el saber, por el contrario, es firme y estable. La opinión carece de fundamento sólido mientras que el saber está basado en razones, es decir, podemos dar cuenta de él, podemos demostrar lo que decimos. Podemos justificar nuestras afirmaciones, aquello que decimos que sabemos, mientras que no ocurre lo mismo con la opinión. Por eso sólo el que sabe de verdad puede enseñar realmente porque es el único que puede dar cuenta, puede demostrar lo que dice. Según Platón la doxa, es el “saber” propio de sofistas y demagogos.
En la alegoría de la línea de la República, Platón diferencia, dentro de la episteme, el saber que tiene por objeto a las entidades matemáticas y que llama diánoia del saber que tiene por objeto a las Ideas, al que denomina noésis. Y dentro del mundo sensible distingue, a su vez, dos tipos de realidades: las cosas y las imágenes de las cosas; y, por tanto, dos tipos de doxa: pístis y eikasía respectivamente. Aunque la distinción fundamental es la que existe ente doxa y episteme.
La dialéctica sería el camino, el conocimiento que nos permite ir de Idea en Idea (puesto que están conectadas unas con otras) hasta la Idea de Bien. Sería el conocimiento de cómo unas Ideas participan de otras y se definen a partir de otras o por contraposición a otras.
En realidad Platón no nos dice cómo se accede al mundo de las Ideas, sólo nos asegura que la razón puede alcanzarlas, puede contemplarlas. Que somos capaces de contemplar (en sentido intelectual) las Ideas y que ése es el auténtico saber. Para saber qué es la justicia tan sólo tengo que contemplar la Idea de justicia, verla con la luz de la razón, y ver el lugar que ocupa en el sistema de las Ideas. Así saber, conocer no es un mero acumular datos, no es la erudición sino un saber mirar, un saber dirigir la “mirada” del alma hacia el lugar adecuado. Si pretendo conocer la justicia observando el mundo sensible nunca alcanzaré dicho conocimiento.
El alma
Platón afirma que el alma es inmortal y que es distinta e independiente del cuerpo. Todo ser humano está compuesto de dos realidades distintas (lo que se conoce como dualismo antropológico) el cuerpo y el alma. El alma es inmortal y pertenece al Mundo Inteligible; el cuerpo pertenece al mundo sensible. En Fedro, recurriendo al mito, nos cuenta cómo el alma al cometer una falta es castigada a vivir, por algún tiempo, en el mundo sensible unida a un cuerpo mortal. Este dualismo, como ya señalamos, será adoptado por el cristianismo, que hará del cuerpo la fuente del pecado. La actividad propia del alma es la contemplación de las Ideas, pero al poseer un cuerpo no puede contemplar directamente las Ideas. Las cosas del mundo sensible le sirven de recordatorio (recuérdese la teoría de la reminiscencia) de que existen las Ideas.
Platón distingue tres partes en el alma (aunque a veces parece hablar de tres tipos de alma). Estas partes son la razón, el ánimo (también llamada alma irascible) y el apetito o concupiscible. La parte racional es la más importante del hombre. Ella es la que puede ver las Ideas y, por tanto, la que debe dirigir nuestra vida (no los apetitos o deseos). En la parte concupiscible residen los deseos y el placer que muchas veces se oponen a la razón. El ánimo, por último, es el coraje, la fuerza o el valor que debe convertirse en aliado de la razón para someter y controlar a los apetitos y deseos. Cada parte del alma tiene su virtud específica. La prudencia es la virtud propia de la parte racional; el valor o fortaleza es la del ánimo; y, por último, la moderación o templanza sería la virtud propia de la parte apetitiva. Cuando cada parte del alma sea virtuosa tendremos un alma buena, justa.
El orden político
Una de las tesis más famosas y controvertidas de Platón es la del rey- filósofo, es decir, la noción de que debe gobernar el filósofo o, lo que es lo mismo, que los gobernantes deben ser filósofos. Sólo cuando esto se consiga obtendremos estados justos y buenos y, por tanto, podremos ser felices (en un mundo injusto, donde ya se nace condenado a morir de hambre, por ejemplo, es difícil ser feliz).

Como ya hemos señalado, Platón es un pensador que tiene profundas inquietudes políticas y su obra más importante a este respecto es la República. Nosotros vamos a exponer las teorías políticas de Platón siguiendo esta obra fundamental de la filosofía. Este diálogo, que lleva por subtítulo «Acerca de la justicia», consta de diez libros de los cuales el primero parece ser que constituyó, en un principio, un diálogo independiente. El protagonista es Sócrates y sus adversarios los sofistas. Éstos afirman dos cosas:
- Que la justicia consiste en el dominio del más fuerte
- Que quien es injusto (se salta las leyes en su propio beneficio sin que lo condenen por ello) es más feliz puesto que obtiene más poder y, por tanto, más placer.
Sócrates se opone a esta concepción de la justicia y propone buscar una definición más adecuada de la misma puesto que las que se dan no le satisfacen. Para ello propone la construcción de una ciudad ideal, perfecta y de su análisis obtendremos una definición adecuada de la justicia. La ciudad surge porque un individuo no es capaz por sí mismo de satisfacer todas sus necesidades (calzado, ropa, alimento, vivienda, etc.) por lo que necesitamos un grupo de personas que se dediquen a producir. Constituyen la base económica de la sociedad y son los productores. La polis también necesita de un grupo de individuos que nos defiendan en caso de invasión y que mantengan el orden en el interior de la ciudad. Éstos son los guardianes. Además necesitaremos de un grupo que se dedique a dirigir, a gobernar el Estado. Este grupo saldrá de los mejores de los guardianes, así que los guardianes se dividen en dos: los auxiliares y los gobernantes que son los guardianes perfectos ¿Cuándo será justo este Estado? Cuando cada grupo cumpla adecuadamente con su función, cuando cada grupo haga de un modo excelente lo que tiene que hacer. Los guardianes perfectos harán bien su función cuando gobiernen correctamente, cuando busquen el bien de la ciudad. Es decir cuando posean la virtud de la prudencia. Ésta es una virtud que pertenece al ámbito del saber y que, por tanto tiene que ser ejercida por la parte racional del alma. Los auxiliares cumplirán con su misión cuando sean fuertes y valerosos, es decir, cuando posean la virtud de la valentía. Platón explica la valentía diciendo que es el conocimiento de lo que debe y no debe ser temido. Pero para alcanzarla no es necesaria la ciencia, basta con una opinión firme y verdadera. Por último, los productores serán buenos cuando sean moderados y se dejen guiar por lo que es superior. Así, un Estado será justo cuando el gobernante gobierne con prudencia, el soldado defienda el Estado con valentía y cuando los productores sean moderados. Justicia es que cada cual haga lo suyo. Como se puede ver existe una perfecta correlación entre las tres partes del alma, con sus tres virtudes específicas, y los tres grupos que forman la polis como se aprecia en el cuadro adjunto.
PARTES DEL ALMA VIRTUDES GRUPOS
Racional Prudencia G. Perfectos
Ánimo Valor G. Auxiliares
Apetitos Templanza Productores
Para que la polis sea lo más justa posible, es decir, para que cada grupo cumpla con su función lo mejor posible, habrá que asignar los individuos a cada uno de los grupos según sus capacidades. Si nombramos como auxiliares a los menos fuertes no podrán realizar su función lo mejor posible. Por esto es tan importante el saber asignar a cada individuo la función para la que esté mejor capacitado. Si tenemos en cuenta, además, la correlación entre las partes del alma y los grupos que forman el Estado, es fácil apreciar que quien mejor capacitado está para una función será aquel que tenga más desarrollada la correspondiente parte del alma. Es decir, el mejor gobernante será el que tenga más desarrollada la parte racional del alma y el mejor auxiliar será el que más desarrollado tenga el ánimo. Aquí es donde interviene la educación. Ésta tiene dos funciones fundamentales:
- Detectar para qué está mejor capacitado un individuo
- potenciar dichas virtudes.
De este modo, gracias al sistema educativo creamos los medios oportunos para que cada cual cumpla con su función lo mejor posible y lo haga voluntariamente puesto que estará convencido de la bondad del sistema. Para conseguirlo Platón propone que todos los niños sean educados por el Estado. La educación consistirá, una vez superadas las primeras fases, en la enseñanza de la gimnasia y de la música. La gimnasia está orientada al fortalecimiento del cuerpo y al aprendizaje de las técnicas de combate. Por música entiende Platón la formación artística en general: poesía[7], arte y música. Esta enseñanza tiene como función la de inculcar opiniones verdaderas. La gimnasia y la música están encaminadas a fortalecer la virtud del valor, de la fuerza: la música en el alma y la gimnasia en el cuerpo. Los que más destaquen en esta fase de la formación pasarán al siguiente nivel; aquellos que no la superen pasarán a ser productores. El siguiente nivel educativo, encaminado a la formación de los guardianes perfectos, está desarrollado en los libros VI y VII y final del libro V de la República. Estos libros son los más densos de toda la obra y en ellos aparecen todos los temas fundamentales de la filosofía platónica y sus alegorías y mitos más famosos: alegoría del sol, alegoría de la línea y mito de la caverna. En la alegoría del sol se compara la Idea de Bien con el sol. En la de la línea establece Platón la división en dos mundos: sensible e inteligible y las formas de conocimiento propias de cada mundo. En el mito de la caverna, entre otras cosas, se nos presenta cómo viven los hombres que toman por real lo meramente aparente y por ciencia y verdad la mera opinión. Volviendo a nuestro tema, la educación que han de recibir los guardianes perfectos consta a su vez de dos partes. La primera está dedicada a la enseñanza de las matemáticas. Éstas nos ayudan a acostumbrarnos al razonamiento abstracto, nos acostumbran a lo que no se percibe con los sentidos sino con la razón, alejándonos del mundo sensible, de lo particular y concreto. Los que superen esta fase, pasarán al estudio de la dialéctica, el saber supremo. Aunque los objetos matemáticos pertenecen al Mundo Inteligible, matemáticas y dialéctica son dos tipos de conocimiento distinto. La matemática estudia sólo una parte del Mundo Inteligible, es decir, es un saber particular y procede por hipótesis, deduciendo conclusiones de éstas. La dialéctica, por el contrario, tiene por objeto todo el Mundo Inteligible y no parte de hipótesis sino que asciende hasta los primeros principios de lo real, hasta contemplar la Idea de Bien. Ahora podemos ver claramente por qué han de gobernar los filósofos. Debe gobernar el que sabe dirigir una ciudad y para saber dirigir correctamente una ciudad deberemos saber qué es la justicia, qué es el bien. Sólo aquel que haya contemplado el mundo de las Ideas sabe realmente, sólo él puede saber qué decisión debemos tomar en cada momento, qué debemos hacer. Si, como afirma Platón, la política es un saber, debe gobernar el que sabe. Pero no el que sabe sólo de economía, sino sobre todo el que sabe qué es el bien, qué es la justicia, pues sólo él podrá llevar a buen puerto al Estado.
Resumiendo podemos decir que tres son las medidas que se deben tomar para conseguir y mantener un Estado justo:
- Que a cada cual se le asigne la función para la que está más capacitado.
- Que esas dotes naturales se refuercen mediante una educación adecuada
- Que se suprima la propiedad privada para los guardianes, tanto para los auxiliares como para los perfectos.
Como las dos primeras ya están explicadas nos centraremos en la última. Si permitimos que los guardianes tengan propiedad privada: casa, hacienda, etc., tendrán que dedicarse a labores productivas por lo que habrán de realizar más de una función, perjudicándose así la función principal que le hemos asignado. Además es posible que caigan en la tentación de anteponer sus intereses como productores a su función como guardianes. Para evitar todo esto, vivirán en común, sin propiedad privada y serán sufragados por los productores. Tampoco se permitirá que tengan familia pues esto favorecerá que cuiden de toda la comunidad por igual y, además, al no poseer familia no sentirán necesidad de incrementar su fortuna y sus bienes.
La conclusión es, pues, que los sofistas están equivocados. Basándose en un análisis de la naturaleza humana los sofistas creían dos cosas: que debe gobernar el más fuerte, no el débil de carácter: esto es lo natural; y que la felicidad consiste en el placer, luego el que consiga mayor placer será más feliz. Platón entiende que este análisis de la naturaleza humana no es correcto. Lo más importante no es la fuerza o el placer sino la razón, por eso debe gobernar el que sabe y ése será el más feliz porque es quien desarrolla lo mejor del hombre.
Para saber algo más sobre la organización política en Atenas sigue el siguiente enlace:
http://jesus-saiz.orgfree.com/documentos/atenas.pdf
[1] Escribimos Idea con mayúscula para no confundirla con el concepto moderno de idea. Para nosotros las ideas son producto de nuestra mente, fruto de nuestra actividad racional y no tienen una existencia real. Para Platón no son pensamientos sino entes, “cosas”
[2] Denominamos «ente» a todo aquello de lo que podemos decir que es
[3] Téngase en cuenta que la separación entre ciencia y filosofía no se producirá hasta la Edad Moderna.
[4] No es posible que la velocidad un día sea igual al espacio multiplicado por el tiempo, por ejemplo.
[5] Posteriormente el cristianismo se apropiará y explotará esta diferencia entre cuerpo y alma
[6] República, 509b
[7] Aunque la poesía tradicional sería censurada y sólo se permitiría la poesía que dice cosas verdaderas.