Crepúsculo de los ídolos o Cómo se filosofa con el martillo
El título previsto para este libro escrito en 1888, Ociosidad de un psicólogo, se cambió en el último momento y fue la última obra que el autor pudo ver publicada mientras estuvo lúcido. El título, además de hacer referencia al prólogo de la obra, es una ironía contra la ópera wagneriana El ocaso de los dioses. Este libro, cuyo subtítulo es Cómo se filosofa con el martillo, es una declaración de guerra a los ídolos eternos de la historia de la filosofía y de la época. Ídolos, que según Nietzsche están llenos de aire, huecos, caducos lo que no impide que sean los más creídos: el filósofo, la moral, el arte, la ciencia, el Reich alemán… Escrita con la usual ironía y lenguaje provocativo del autor nos muestra claramente su pensamiento y estilo a la hora de abordar las cuestiones filosóficas.
En el Crepúsculo de los ídolos en paralelo a la crítica a la filosofía y la moral cristiana, encontramos las ideas ontológicas más importantes de Nietzsche. Su tesis fundamental dice más o menos así: la ontología metafísica hasta ahora ve como existente lo que en verdad sólo es una ilusión y una ficción, y rechaza como no-existente, o como existente de una manera inauténtica, lo que en verdad es lo único real. Lo concebido por la filosofía tradicional como lo auténticamente real es lo vano; lo hasta ahora concebido como fútil es lo único real. Lo que hasta ahora se consideraba el ser, como lo contrapuesto al devenir, no es, únicamente el devenir es. No hay ningún mundo más allá del espacio y del tiempo, ningún mundo inteligible, ningún mundo de las Ideas eternas. Sólo existe el mundo experimentable por los sentidos, el mundo que se muestra aquí en el espacio y en el tiempo. Pero este mundo único, real no conoce nada permanente, es movimiento, tiempo devenir y nada más; es, al fin y al cabo un mundo finito. Querámoslo tal cual es.
Como casi todas las obras del autor tiene una estructura fragmentaria, dividida en diversas secciones, y un lenguaje penetrante, mordaz y provocativo. La obra se inicia con un apartado denominado “Sentencias y flechas” formado por 44 aforismos breves en los que lanza sus “flechas” a esos ídolos que anteriormente hemos mencionado. Dentro de la obra encontramos el capítulo denominado “La «razón» en la filosofía” cuyo texto completo es que recogemos aquí.
“La «razón» en la filosofía” está formada por seis fragmentos en los que expone de modo sucinto pero preciso su crítica a la historia de la filosofía (fragmentos 1, 2, 3 y 4) y se condensa su propuesta filosófica (fragmentos 4 y 5). Resume la historia de la filosofía aludiendo a las dos idiosincrasias de los filósofos: negar el devenir y confundir lo último con lo primero, lo menos real con la auténtica realidad.
En la “primera idiosincrasia” Nietzsche denuncia el empecimaniento de los filósofos en negar el devenir. Cómo no pueden soportar el devenir puesto que les obliga a interpretar constantemente lo real, como no quieren aceptar el cambio y la muerte, lo niegan. Niegan la historia y para ellos solo es real lo que permanece inmutable a lo largo del tiempo: “lo que es no devine, lo que deviene no es”. “Matan” la realidad al negar el devenir, puesto que su ser es su devenir, y se vuelven idólatras de conceptos. Estos, los conceptos, no pueden reflejar el cambio constante de lo real y la particularidad de los fenómenos, por lo tanto el concepto “momifica” lo real pero los filósofos, en su terca ceguera, creen que lo real es el concepto y lo idolatran. «¿Cómo es posible que no podamos captar la auténtica realidad?, ¿Por qué solo percibimos cambio y devenir cuándo la realidad es bien distinta?» Estas son algunas de las cuestiones que se plantean los filósofos y, orgullosos de su saber, responden: los sentidos son los culpables del error, del engaño. Todos los filósofos, salvo Heráclito según Nietzsche, han renegado de los sentidos. Pero, la verdadera culpable del error cometido por la filosofía es la razón, ella es la causa, según Nietzsche, de que neguemos, falseemos el testimonio de los sentidos, sin los cuales, por otro lado, no existiría la ciencia.
La “segunda idiosincrasia” de los filósofos es confundir lo último con lo primero. Ponen como fundamento de lo real, como lo más real los conceptos más generales, más vacíos, los conceptos supremos: Belleza, Bien, Verdad, Realidad… Y dado que estos conceptos, al ser tan eminentes y elevados no pueden proceder de nada inferior a ellos mismos puesto que lo superior no puede venir de lo inferior, todos carecen de origen, de principio, de causa; no pueden haber devenido. Por lo tanto, tienen que ser causa de sí mismos. Y como todos ellos tienen el mismo valor y no pueden entrar en contradicción con ellos mismos se unen en un solo concepto: Dios. Termina Nietzsche este análisis demoledor de lo que para él es la otra gran idiosincrasia de los filósofos con la siguiente frase: «¡Qué la humanidad haya tenido que tomar en serio las dolencias cerebrales de unos enfermos tejedores de telarañas! (Nietzsche, 1998, pág. 54)
En los siguientes fragmentos, el 5 y el 6, Nietzsche expone su concepción de la filosofía, sus principales ideas ontológicas y epistemológicas. En el párrafo 5 afirma que todo lo real está sujeto al devenir y que si percibimos algún tipo de duración, permanencia, sustancia en lo real es debido al error de la razón, del lenguaje. El error proviene de proyectar categorías psicológicas al análisis de lo real. Así, por ejemplo, el sujeto proyecta la permanencia que encuentra en su conciencia en lo real y sostiene que hay “sustancias”; proyecta su voluntad en la noción de causa y efecto, etc. Es el lenguaje el que nos fuerza al error: «La “razón” en el lenguaje: ¡oh, qué vieja hembra engañadora! Temo que no vamos a desembarazarnos de Dios porque continuamos creyendo en la gramática…» (Nietzsche, 1998, pág. 55)
Por último, en el párrafo 6 condensa su propuesta filosófica en cuatro tesis en las que explica por qué filósofos establecen una dicotomía entre realidad aparente y auténtica realidad e impugna dicha división. Sólo hay una realidad, lo que hasta ahora los filósofos han llamado “aparente”. Inventar otros mundos, otras realidades superiores a esta procede del resentimiento de los filósofos, de su recelo contra la vida y nos lleva necesariamente al pesimismo, a la decadencia. Nietzsche nos invita a que aceptemos la realidad tal y como es, sin fabular otros mundos. Este, tal y como es, merece la pena, no reneguemos de él en pos de una mentira, una fábula.

En su análisis genealógico, Nietzsche sostiene que la filosofía tradicional surge del ideal ascético, de un espíritu enfermo, débil y, por tanto, la filosofía es el fruto de una voluntad débil, de un espíritu enfermo. Para Nietzsche la validez de la filosofía radica en su capacidad para dar sentido a la existencia, al dolor inherente a la vida. Hasta ahora la filosofía ha pretendido huir del sufrimiento, negar la muerte creando trasmundos más allá de este donde alcanzaremos la felicidad, la eternidad. Nietzsche pretende crear una filosofía que no nos haga huir del sufrimiento, del dolor, sino que nos permita enfrentarnos a él. Es en la voluntad donde se revela el poder que poseemos para enfrentarnos a la realidad: es la voluntad de poder. Así vivir es crear y crear implica siempre un destruir para poder crear de nuevo. De modo que la vida es puro devenir, pero no un devenir sujeto a leyes (una especie de mecanicismo o de leyes generales de la naturaleza que gobiernan el decurso del universo), sino un devenir caótico, imprevisible. Esta idea perdura en todas aquellas corrientes que admiten el carácter azaroso de la realidad[1]. Es además una filosofía que niega la capacidad de la razón para captar adecuadamente la realidad, cuestión esta que perdura en todos los irracionalismos contemporáneos.
A continuación transcribimos el prólogo que Nietzsche escribe a Crepúsculo de los ídolos, en la traducción realizada por Andrés Sánchez Pascual para la editorial Alianza.
«Seguir manteniendo lo jovialidad en medio de un asunto sombrío y sobremanera responsable es hazaña nada pequeña: y, sin embargo, ¿qué sería más necesario que la jovialidad? Ninguna cosa en la que no intervenga la petulancia sale bien. Solo la demasía de la fuerza es la prueba de la fuerza.- Una transvaloración de todos los valores, ese signo de interrogación tan negro, tan enorme, que arroja sombra sobre quien lo coloca- semejante tarea, que es un destino, compele en todo instante a correr hacia el sol, a arrojar de sí una seriedad gravosa, que se ha vuelto demasiado gravosa. Todo medio es bueno para esto, todo “caso” es un caso afortunado. Ante todo, la guerra. La guerra ha sido siempre la gran listeza de todos los espíritus que se han vuelto demasiado interiores, demasiado profundos; incluso en la herida continúa habiendo una fuerza curativa. Una sentencia, cuyo lugar de origen yo mantengo oculto a la curiosidad docta, viene siendo desde hace largo tiempo mi divisa:
increscunt animi, virescit volnere virtus
[se crecen los ánimos, se fortalece la fuerza con la herida].
Otra curación, a veces incluso más apetecida por mí, es auscultar a los ídolos… Hay más ídolos que realidades en el mundo: éste es mí “mal de ojo” para este mundo, este es también mi “mal de oído”… Hacer aquí alguna vez preguntas con el martillo y oír acaso, como respuesta, aquel famoso sonido hueco que habla de entrañas llenas de aire –qué delicia para quien tiene todavía orejas por detrás de las orejas,- para mí, viejo psicólogo y cazador de ratas, ante el cual tiene que dejar oír su sonido cabalmente aquello que querría permanecer en silencio…
También este escrito – el título lo delata- es ante todo un esparcimiento, un rincón soleado, una escapada a la ociosidad de un psicólogo. ¿Acaso también una nueva guerra? ¿Y son auscultados nuevos ídolos?… Este pequeño escrito es una gran declaración de guerra; y en lo que se refiere a la auscultación de los ídolos, esta vez no son ídolos de nuestro tiempo, sino ídolos eternos los que aquí son tocados con el martillo como con un diapasón –no hay en absoluto ídolos más viejos, más convencidos, más llenos de aire que éstos…También poco más huecos… Esto no impide que sean los más creídos; tampoco se dice en modo alguno ídolos, sobre todo en el caso más aristocráticos…
[1] Cuestión ésta que fue ridiculizada por Einstein cuando dijo aquello de que Dios no juega a los dados con el mundo.