Nietzsche es considerado, junto con Marx y Freud, como el creador de una concepción especialmente influyente en la crítica a la cultura. Estos tres autores han tomado en consideración una dimensión de la conciencia humana que hasta ahora no había sido tratada: su capacidad de fabulación, de autoengaño inconsciente, de lo que se ha llamado la falsa conciencia. Desde Descartes los filósofos saben que es necesaria la duda porque las cosas muchas veces no son lo que parecen, pero hasta Marx, Freud y Nietzsche no se había dudado de la conciencia misma. Los tres dudaron de ella y los tres crearon un arte para interpretar las fábulas y los mitos que la conciencia crea. Las ideologías, el psicoanálisis y la genealogía de la moral, respectivamente, representan tres procedimientos distintos para descifrar las fabulaciones de la conciencia. Ellos creen que ciertas manifestaciones teóricas que pasan por ser racionales son, en realidad, expresiones conscientes de motivos inconscientes e irracionales. Así, para Marx, las ideologías sociales expresan los intereses ilegítimos de las clases dominantes. Para Freud las representaciones que nos hacemos de nosotros mismos y del mundo son fruto de las pulsiones psíquicas inconscientes; para Nietzsche los edificios metafísicos elaborados por la razón nacen, como hemos visto, de una enfermedad o debilidad de la voluntad: el ideal ascético (la cobardía y el resentimiento). Los tres pretenden desenmascarar las motivaciones ocultas del pensar, del obrar y del quehacer humano.
La obra de Nietzsche está escrita, casi por entero, en forma de aforismos y párrafos breves, mostrando con ello su desconfianza en el orden racional y lógico propio de las grandes obras filosóficas. Se suelen distinguir tres períodos en su obra. El primero de juventud cuya obra más representativa es El nacimiento de la tragedia en el espíritu de la música. Del segundo período inspirado en los ilustrados franceses podemos destacar: Humano, demasiado humano, Aurora y La Gaya ciencia. En el período de madurez destacan obras como: Más allá del bien y del mal, Genealogía de la moral y, sobre todo, Así habló Zaratustra, el Crepúsculo de los ídolos y La voluntad de poder.
La gaya ciencia
“Gaya” significa aquí alegre, jovial por lo que la obra puede también llamarse La ciencia jovial o La alegre ciencia. Fue publicada por primera vez en 1882, compuesta en un principio por cuatro libros a los que Nietzsche añadió un quinto en la segunda edición de la obra en 1886 y un apéndice de canciones. La gaya ciencia se sitúa en el umbral del pensamiento de Nietzsche, en ella se están pergeñando los temas centrales de su filosofía: el eterno retorno, el superhombre, la transmutación de los valores y la voluntad de poder. En esta obra el filósofo alemán cuestiona los fundamentos del conocimiento, de la moral y de la religión y la expresión del ello es “la muerte de Dios” y el nihilismo su consecuencia lógica.
Uno de los temas que atraviesa la obra es la crítica a la concepción tradicional de la verdad y del conocimiento. El mundo es caos, devenir eterno, destrucción, muerte y nacimiento sin reposo en el que nada permanece, pero lo que ha hecho el conocimiento, la filosofía y la moral es violentar el devenir, momificar la realidad con conceptos, con leyes que quieren ordenar el caos y han creado trasmundos más allá de este que desvalorizan el único mundo real. El mundo no tiene que pensarse como esencia, permanencia sino más bien como superficie, apariencia. Nuestra necesidad de conocer, de crear conceptos y leyes es trágica. Por un lado, es necesaria para nuestra supervivencia, necesitamos crear un sistema de conceptos útiles que nos hagan comprensible el mundo para poder orientarnos en él; por otro la razón es incapaz de pensar la realidad porque el concepto no es una herramienta adecuada al devenir.
Nietzsche considera que la metafísica tradicional no nace de la búsqueda desinteresada de la verdad, sino de la necesidad de buscar una referencia en el mundo que nos sirva de guía, de anclaje para poder sobrevivir. La filosofía, la ciencia no son un conjunto de verdades objetivas y racionales acerca del mundo, solo es una manera, en muchos casos errada, de interpretar el mundo.
Este conocimiento necesario para el hombre se he vuelto en su contra al crear supramundos metafísicos que lo despojan de su fuerza original. El conocimiento no es más que una herramienta de nuestro instinto de supervivencia, pero hemos confundió el instrumento con la realidad y nos hemos sometido a él. Desde Platón hemos buscado lo absoluto: el mundo de la Verdad, de las Ideas, en el que todo es permanentemente igual a sí mismo, monótono, eterno. Este absoluto es el punto de apoyo de aquellos que no son lo suficientemente fuertes para crear por sí mismos, para comprender que todo conocimiento no es más que una interpretación de lo real, incluso la ciencia lo es. El cristianismo, que no es más que el platonismo del pueblo, hace de Dios el garante del orden, de la verdad y liga al ser un deber ser con el que se funda también un orden moral trascendente.
La ciencia nos ha ayudado a destruir esos mundos inventados por el hombre lo que nos lleva lógicamente al nihilismo. La ciencia ha propiciado la muerte de Dios, nos ha mostrado que no hay ninguna realidad más allá de esta, ha desenmascarado el universo metafísico y moral, mostrando que no existen en la realidad eterna e inmutable, ningún orden moral; el mundo es profundamente amoral. Esto es el nihilismo, la carencia de un fundamento último de la Verdad y del Bien.

Pero la muerte de Dios aún no ha sido asimilada, la desaparición de todo fundamento absoluto que nos aportaba confianza y consuelo es demasiado desconcertante, desazonador para ser asimilada sin más. Necesitamos tiempo para asumir la muerte de Dios y celebrarla con alegría.
Nietzsche reivindica al carácter relativo de la verdad y del conocimiento; una verdad que responda a las exigencias de la vida, a la voluntad de poder. No hay Verdad, hay interpretaciones de la realidad por eso el auténtico filósofo es el artista, el que crea. Si el conocimiento es necesario para la supervivencia las perspectivas desde las que abordamos la realidad deben cambiar en función de nuestras necesidades. La verdad debe responder a las exigencias de la vida. Lo mismo ocurre en el ámbito moral: no hay valores absolutos, solo hay perspectivas de valores que han de estar al servicio de la vida, de nuestra voluntad de poder.
Bibliografía
Nietzsche, F., (1972) Más allá del bien y del mal, Madrid: Alianza Editorial
(1988) La gaya ciencia, Madrid: Ediciones Akal
(1998) Crepúsculo de los ídolos, Madrid: Alianza Editorial
(2000) Aurora, Barcelona: Biblioteca Nueva