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El Crepúsculo de los ídolos

En esta obra aparece la concepción nietzscheana de la realidad, su ontología. En ella defiende la idea de que lo que hasta ahora ha considerado la filosofía occidental como existente solo es una ficción, un engaño, una mentira, un error. Lo considerado hasta ahora como lo auténticamente real, lo permanente e inmutable es, en realidad, algo vano, ilusorio, muerto, «momias conceptuales». Lo que hasta ahora se consideraba el ser, como lo contrapuesto al devenir, no es, únicamente el devenir es. No hay ningún mundo más allá de este permanente e inmutable, sea al estilo platónico o al más allá cristiano. Este es el único mundo existente, despreciarlo, renegar de él equivale a renegar de la única vida posible.

Los textos que a continuación se exponen pertenecen al capítulo denominado «La razón en La Filosofía» según la  traducción de Andrés Sánchez Pascual realizada para Alianza Editorial. 

 

 

 

«La razón en la Filosofía»

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Me pregunta usted qué cosas son idiosincrasia en los filósofos?… Por ejemplo, su falta de sentido histórico, su odio a la noción misma de devenir, su egipticismo. Los filósofos creen otor­gar un honor a una cosa cuando la deshistorizan, sub specie aeterni [desde la perspectiva de lo eterno], cuan­do hacen de ella una momia. Todo lo que los filósofos han venido ma­nejando desde hace milenios fueron momias conceptuales; de sus manos no salió vivo na­da real. Matan, rellenan de paja, esos señores idólatras de los conceptos, cuando adoran, ‑se vuelven mortalmente peligrosos para todo, cuan­do adoran. La muer­te, el cambio, la ve­jez, así como la procreación y el crecimiento son para ellos objeciones, ‑incluso refutacio­nes. Lo que es no deviene; lo que deviene no es… Ahora bien, todos ellos cree­n, incluso con desesperación, en lo que es. Mas como no pueden apoderarse de ello, buscan razones de por qué se les retiene. «Tie­ne que haber una ilusión, un engaño en el hecho de que no percibamos lo que es: ¿dónde se esconde el engañador? -«Lo tenemos, gritan dichosos, ¡es la sensibilidad! Estos sentidos, que también en otros aspectos son tan inmorales, nos enga­ñan acerca del mundo verdadero. Moraleja: des­hacerse del engaño de los sentidos, del de­venir, de la historia [Historie], de la mentira, ‑ la historia no es más que fe en los sentidos, fe en la mentira. Moraleja: decir no a todo lo que otorga fe a los sentidos, a todo el resto de la humanidad: todo él es «pueblo». ¡Ser filósofo, ser momia, representar el monóto­no‑teísmo con una mímica de sepulturero! ‑ Y, sobre todo, fuera el cuer­po, esa lamentable idée fixe [idea fija] de los sentidos!, ¡sujeto a todos los errores de la lógica que existen, refutado, incluso imposible, aun cuando es lo bastante insolente para comportarse como si fuera real! … «

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Pongo a un lado, con gran reverencia, el nombre de Heráclito. Mientras que el resto del pueblo de los filósofos rechazaba el testimonio de los sentidos porque éstos mostraban pluralidad y modificación, él rechazó su testimonio porque mostraban las cosas como si tuviesen duración y unidad. También Heráclito fue injusto con los sentidos. Estos no mien­ten ni del modo como creen los eléa­tas ni del modo como creía él, ‑ no mienten de ningu­na manera. Lo que nosotros hacemos. de su testimonio, eso es lo que introduce la men­tira, por ejemplo la mentira de la unidad, la mentira de la coseidad, de la sustancia, de la dura­ción… La «razón» es la causa de que nosotros falseemos el testimonio de los sentidos. Mos­trando el devenir, el perecer, el cambio, los sentidos no mienten… Pero Heráclito ten­drá eternamente razón al decir que el ser es una ficción vacía. El mundo «aparente» es el único: el «mundo verdadero» no es más que un añadido mentiroso

 

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‑¡Y qué sutiles instrumentos de observación tenemos en nuestros sentidos! Esa nariz, por ejemplo de la que ningún filósofo ha hablado todavía con veneración y gratitud, es hasta este momento incluso el más delicado de los instrumentos que están a nuestra disposición: es capaz de registrar incluso diferencias mínimas de movimiento que ni siquiera el espec­troscopio registra. Hoy nosotros poseemos ciencia exactamente en la medida en que nos hemos decidido a aceptar el testimonio de los sentidos, ‑ en que hemos apren­dido a seguir aguzándolos, armándolos, pensándolos hasta el final. El resto es un engendro y toda­vía‑no‑ciencia: quiero decir, metafísica, teología, psicología, teoría del conocimiento. O ciencia formal, teoría de los signos: como la lógica, y esa lógica aplicada, la matemática. En ellas la realidad no llega a aparecer, ni siquiera como problema; y tampoco como la cuestión de qué valor tiene en general ese convencionalismo de signos que es la lógica.‑

 

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La otra idiosincrasia de los filósofos no es menos peligrosa: consiste en confundir lo últi­mo y lo primero. Ponen al comienzo, como comienzo, lo que viene al final -¡por desgra­cia!, ¡pues no debería siquiera venir!‑, los «conceptos supremos», es decir, los con­ceptos más generales, los más vacíos, el último humo de la realidad que se evapora. Una vez más, esto es sólo expresión de su modo de venerar: a lo superior no le es lícito provenir de lo inferior, no le es lícito pro­venir de nada… Moraleja: todo lo que es de primer rango tiene que ser causa sui [cau­sa de sí mismo]. El proceder de algo distinto es considerado como una objeción, como algo que pone en entredicho el valor. Todos los valores supremos son de primer rango, ninguno de los conceptos supremos, lo existente, lo incondicionado, lo bueno, lo verdadero, lo perfecto ‑ ninguno de ellos puede haber devenido, por consiguiente tiene que ser causa sui. Mas ninguna de esas cosas puede ser tampoco desigual una de otra, no puede estar en contradicción consigo misma… Con esto tienen los filósofos su estupen­do concepto «Dios»… Lo último, lo más tenue, lo más vacío es puesto como lo primero, como causa en sí, como ens realissimum [ente realísimo]… ¡Que la humanidad haya tenido que tomar en serio las dolencias cerebrales de unos enfermos tejedores de telarañas! ‑¡Y lo han pagado caro!…

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Contrapongamos a esto, por fin, el modo tan distinto como nosotros (‑digo nosotros por cortesía…) vemos el problema del error y de la apariencia. En otro tiempo se tomaba la modificación, el cam­bio, el devenir en general como prueba de apariencia, como signo de que ahí tiene que haber algo que nos induce a error. Hoy, a la inversa, en la exacta medida en que el prejuicio de la razón nos fuerza a asignar unidad, identidad, duración, sustancia, causa, coseidad, ser, nos vemos en cierto modo cogidos en el e­rror, necesitados al error; aun cuando, basándonos en una verificación rigurosa, dentro de nosotros estemos muy se­guros de que es ahí donde está el error. Ocurre con esto lo mismo que con los movi­mientos de una gran constelación: aquí el error tiene como abogado permanente a nuestro ojo, allí a nuestro lenguaje. Por su génesis el lenguaje pertenece a la época de la forma más rudimentaria de psicología: penetramos en un fetichismo grosero cuando adquirimos cons­ciencia de los presupuestos básicos de la metafísica del lenguaje, dicho con claridad: de la razón. Ese fetichismo ve en todas partes agentes y acciones: cree que la voluntad es la cau­sa en general; cree en el «yo», cree que el yo es un ser, que el yo es una sustancia, y proyec­ta sobre todas las cosas la creencia en la sustancia‑yo ‑así es como crea el concepto «co­sa»… El ser es añadido con el pensamiento, es introducido subrepticiamente en todas par­tes como causa; del concepto «yo» es del que se sigue, como derivado, el concepto «ser»… Al comienzo está ese grande y funesto error de que la voluntad es algo que cuasa efec­tos,‑ de que la voluntad es una facultad… Hoy sabemos que no es más que una palabra… Mucho más tarde, en un mundo mil veces más ilustrado, llegó a la consciencia de los filó­sofos, para su sorpresa, la seguridad, la certeza subjetiva en el manejo de las categorías de la razón: ellos sacaron la con­clusión de que esas categorías no podían proceder de la empi­ria, ‑la empiria entera, decían, está, en efecto, en contradicción con ellas. ¿De dónde pro­ceden, pues? ‑  Y tanto en India como en Grecia se cometió el mismo error: «nosotros tene­mos que haber habitado ya alguna vez en un mundo más alto (‑en lugar de en un mundo mucho más bajo: ¡lo cual habría sido la verdad!), nosotros tenemos que haber sido divi­nos, ¡pues poseemos la razón!». De hecho, hasta ahora nada ha tenido una fuerza persua­siva más ingenua que el error acerca del ser, tal como fue formulado, por ejemplo, por los eléatas: ¡ese error tiene en favor suyo, en efecto, cada palabra, cada frase que nosotros pro­nunciamos! ‑También los adversarios de los eléatas sucumbieron a la seducción de su con­cepto de ser: entre otros Demócrito, cuando inventó su átomo… La «razón» en el lenguaje: ¡oh, qué vieja hembra engañadora! Temo que no vamos a desembarazarnos de Dios por­que continuamos creyendo en la gramática…

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Se me estará agradecido si condenso un conocimiento tan esencial, tan nuevo, en cuatro tesis: así facilito la comprensión, así provoco la contradicción.

Primera tesis. Las razones por las que «este» mundo ha sido calificado de aparente funda­mentan, antes bien, su realidad, ‑otra especie distinta de realidad es absolutamente inde­mostrable.

Segunda tesis. Los signos distintivos que han sido asignados al «ser verdadero» de las cosas son los signos distintivos del no‑ser, de la nada, ‑poniéndolo en contradicción con el mundo real es como se ha construido el «mundo verdadero»: un mundo aparente de hecho, en cuanto es meramente una ilusión óptico‑moral.

Tercera tesis. Inventar fábulas acerca de «otro» mundo distinto de éste no tiene sentido, presuponiendo que no domine en nosotros un instinto de calumnia, de empequeñecimien­to, de recelo frente a la vida: en este último caso tomamos venganza de la vida con la fan­tasmagoría de «otra» vida distinta de ésta, «mejor» que ésta.

Cuarta tesis. Dividir el mundo en un mundo «verdadero» y en un mundo «aparente», ya sea al modo del cristianismo, ya sea al modo de Kant (en última instancia, un cristiano alevo­so), es únicamente una sugestión de la décadence, ‑un síntoma de vida descendente… El hecho de que el artista estime más la apariencia que la realidad no constituye una objeción contra esta tesis. Pues «la apariencia» significa aquí la realidad una vez más, sólo que se­leccionada, reforzada, corregida… El artista trágico no es un pesimista, ‑dice precisamente sí incluso a todo lo problemático y terrible, es dionisíaco…