Las Meditaciones acerca de la filosofía primera en las cuales se demuestra la existencia de Dios, así como la distinción real entre el alma y el cuerpo del hombre, escritas en latín, se publican por vez primera en 1641 y su título original es Meditaciones de la prima philosophia, in qua Dei existentia et animae inmortalitas demostratur. Escribe la obra entre 1638 y 1640 durante su estancia en Santport. Antes de su publicación, Descartes había hecho circular sus meditaciones, fundamentalmente a través del padre Mersenne, solicitando objeciones, de modo que cuando se publica por vez primera, la obra ya incluye las objeciones y las aclaraciones o respuestas dadas por el autor. En 1642 se publica una segunda edición de la obra a la que se añade una séptima objeción y se modifica levemente el título, siendo más acorde con el contenido de la misma y es la que se usa en la actualidad: Meditaciones de la prima philosophia, in qua Dei existentia et animae humanae a corpore distinctio. Esta es la versión que se incluye en la edición de la obra canónica de Descartes: Obras completas (edición de Adam y Tannery). La obra se traduce al francés en 1647 supervisada por el propio Descartes.

Como se puede deducir el objetivo de la obra es demostrar racionalmente la existencia de Dios y la diferente naturaleza de cuerpo y alma. Descartes declara que emprende esta tarea por dos razones fundamentales: la importancia de la misma y la aplicación de su método a estas cuestiones. Las razón que Descartes esgrime para demostrar tales cuestiones es que considera que no todo el mundo sea capaz de entenderlas, lo mismo que ocurre en matemáticas, «requieren un espíritu enteramente libre de todo prejuicio, y que pueda desprenderse con facilidad del comercio con los sentidos» (Descartes, 2005, pág. 110).
Resumen de las seis meditaciones
Primera meditación: en ella se exponen las razones por las que podemos dudar de todas las cosas y en particular de las cosas materiales. La utilidad de esta duda radica, según nos indica Descartes, en que nos prepara para acostumbrar a nuestro espíritu a separarse de los sentidos. Duda de los sentidos, de la existencia del mundo e incluso de nuestra capacidad racional, «…¿quién me asegura que el tal Dios no haya procedido de manera que no exista figura, ni magnitud, ni lugar, pero a la vez de modo que yo, no obstante, sí tenga la impresión de que todo eso existe tal y como lo veo?» (Descartes, 2005, pág. 134)
Segunda meditación: la imposibilidad de dudar de la existencia del “yo”, distinguiendo entre lo que pertenece a la naturaleza intelectual y lo que pertenece al cuerpo. Puede que haya un engañador todopoderoso y astutísimo, pero si me engaña es porque soy. La proposición “yo soy, yo existo” es necesariamente verdadera. Ahora bien, ¿qué soy?
Recordamos que la estrategia que ha decidido seguir Descartes es aceptar como verdadero única y exclusivamente lo que se me presente de un modo claro y distinto y rechazar cualquier opinión de la que quepa la menor duda. Volvemos a la pregunta, ¿qué soy? Mis opiniones pasadas afirmaban que era un animal racional pero ni la noción de “animal” ni la de “racional” se me presentan de un modo claro y distinto. También opinaba que era un compuesto de cuerpo y espíritu. ¿Pero es esta una verdad evidente? Soy algo que duda, que afirma, que niega, que quiere, que imagina y que siente. Y da igual que esté dormido o despierto, que me engañe al creer en la verdad de ciertas opiniones, pero no puedo dudar de que soy yo la que niega, duda, siente e imagina. Es posible que lo que imagino no exista fuera de mí, pero no puedo dudar de que imagino y por lo tanto soy un ser subsistente que piensa, soy una sustancia pensante.
Concluye, además, que el espíritu o pensamiento es más fácil de conocer que los cuerpos o la materia puesto que a estos, si llegamos a conocerlos, es por medio del pensamiento.
Tercera meditación: la existencia de Dios.
Para demostrar la existencia de Dios va a usar dos argumentos. El primero de ellos se basa en la causa de la idea de perfección, el segundo en la causa del “yo”.
Las ideas, en cuanto a sí mismas consideradas, son todas iguales, pero en cuanto su origen podemos distinguir entre aquellas que nacen conmigo (innatas), las venidas de fuera (adventicias) y las creadas por mí (facticias). Además, unas contienen más realidad objetiva que otras. Por ejemplo, la idea de cualquier substancia (gato, por ejemplo) contiene más realidad que la de un accidente (gris, por ejemplo). La idea de Dios es la que representa mayor realidad y eminencia y su causa no puede estar en mí, puesto que tiene que haber al menos tanta realidad en la causa eficiente como en el efecto, así que yo no puede ser la causa de la idea de Dios. Solo Dios puede ser causa eficiente de la idea de Dios, por lo tanto Dios existe.
El segundo argumento se basa en que “yo” no puedo ser causa de mí misma puesto que si pudiera serlo me habría creado más perfecta y me habría creado de la nada, lo cual es manifiestamente imposible. La causa de mi ser está fuera de mí y tiene que ser superior a mí. Dado que soy una cosa que piensa mi causa debe ser también algo que piensa. Puede ser Dios o alguna criatura intermedia, pero aún en este último caso Dios existe pues no podemos extender la relación causa hasta el infinito.
Concluye Descartes, por tanto que Dios existe y que como es perfecto no es falaz.
Cuarta meditación: las cosas que concebimos clara y distintamente son verdaderas y se explica la naturaleza del error o falsedad.
Dado que Dios no es falaz y no me engaña, ¿de dónde procede el error? Antes de nada debemos entender que el error no es nada en sí, y por tanto, nada que venga de Dios. El error es una privación o defecto. El origen de error está en la voluntad que no se somete con facilidad a los límites del entendimiento. Cuando esto ocurre la voluntad se extravía y me hace errar en el conocimiento y escoger el mal en vez de el bien. Si me mantengo en las cosas que el entendimiento concibe de un modo claro y distinto es imposible que me engañe, que caiga en el error.
Quinta meditación: se explica la naturaleza corpórea y se vuelve a demostrar la existencia de Dios.
Nuevamente demuestra la existencia de Dios pero esta vez hace uso del argumento ontológico. Del mero análisis de las ideas se deducen de un modo necesario ciertas cualidades o propiedades. Así por ejemplo, de la idea de triángulo me lleva de un modo necesario a la de ángulo y lado; la idea de montaña me lleva de un modo necesario a la idea de valle, independientemente de que existan o no los triángulos, las montañas y los valles. Del mismo modo la idea de un ser perfecto conlleva su existencia puesto que si no le faltaría una perfección.
Será Kant, en el siglo XVIII el que demuestre que este razonamiento no es válido puesto que la existencia no es una cualidad más que se añade al resto de cualidades, la existencia es otra cosa que no tiene nada que ver con las cualidades de un ser u objeto.
Volviendo al argumento de Descartes, Dios existe porque es el único ser de cuya esencia forma parte la existencia, es decir, es un ser que existe por naturaleza, que es necesario; la existencia está incluida en su esencia. Podemos afirmar que en la esencia del gato está el ser mamífero y ser cuadrúpedo, no puede ser un gato y no poseer esas dos características. Lo mismo podemos decir de Dio, su existencia forma parte de su esencia, existe de un modo necesario.
En segundo lugar no puede haber más de un ser perfecto, entraría en contradicción con la idea de perfección.
Por último, la idea de Dios no es una idea fingida o inventada puesto que no puedo modificarla a mi antojo.
No solo no puedo dudar de la existencia de Dios sino que si no la admito no puedo estar segura de nada. Solo admito como verdadero lo que se presenta a mi mente de un modo manifiesto como claro y distinto (primera regla del método) pero, ¿qué ocurre cuando dejo de pensar en eso?, ¿qué me garantiza que siga siendo verdadero tiempo después, cuando he dejado de concebirlo de modo claro y distinto? Dios garantiza la permanencia de la verdad. Las razones por las que admití algo como verdadero siguen siendo válidas aunque yo no lo esté pensando en ese momento.
Incluso estando dormido, si una idea se me presenta de un modo claro y distinto tengo que admitir que es verdadera.
Sexta meditación: distingue entre entendimiento e imaginación; muestra que el alma es distinta del cuerpo aunque esté unida a él; se exponen los errores que proceden de los sentidos; por último, se indican todas las razones a partir de las cuales podemos concluir la existencia de las cosas materiales.
Va a recordar las cosas que, recibidas por los sentidos, tuvo antes por verdaderas, y los fundamentos en los que apoyaba su creencia; después examinará las razones que le llevaron a dudar de dichas creencias para finalizar considerando lo que debe creer ahora.
Partía del hecho de que tenía cuerpo y que le pertenecía más propia y estrictamente que cualquier otro; y que las ideas que tenía en su espíritu estaban causadas por el mundo exterior; así, por ejemplo, la idea del sol que hallo en mi pensamiento ha sido causada por dicho astro, no es una invención mía ni fruto de mi naturaleza imperfecta.
Varias experiencias y razones le hicieron dudar de la confianza en los sentidos tanto internos como externos. Algunas de estas razones es que durante el sueño creemos sentir y percibir, cuando está claro que dichas impresiones no están causadas por objetos externos a mí. Otra razón que podemos aducir para dudar de los sentidos es que es posible que por naturaleza estemos constituidos de tal modo que me engañe hasta en las cosas que me parecen verdaderas (Dios falaz, genio maligno).
¿Qué cosa podemos afirmar que sabemos? Que soy una cosa que piensa y que para pensar no necesito de cuerpo alguno. Además reconozco en mí ciertas facultades como las imaginar y sentir.
También reconozco otras facultades como las de cambiar de sitio y de postura y otras semejantes, pero está claro que tales facultades no corresponden a una substancia pensante sino a una corpórea.
Dado que Dios no es falaz y que percibo con gran claridad y distinción dichas ideas debo admitir como verdaderas que tengo cuerpo y que existe una realidad fuera de mí que es la causante de algunas de las ideas que tengo.
Tengo cuerpo y no estoy en él como un piloto en su navío, sino que estoy tan íntimamente unido como mezclado con él, que es como si formase una sola cosa. Aunque no son la misma substancia dado que tienen propiedades o características distintas. El cuerpo es divisible y el espíritu no. En el espíritu no podemos distinguir partes y en el cuerpo sí; si se amputa una parte de mi cuerpo no se amputa a su vez una parte de mi espíritu.
Es claro y manifiesto que cuerpo y espíritu se comunican pero no lo hace cada parte del cuerpo con el espíritu, sino que todo el cuerpo está conectado con el cerebro y una pequeña parte de este se comunica con el espíritu.
A veces el cuerpo puede comunicarnos sensaciones engañosas pero eso no nos puede hacer dudar de dichas sensaciones. Así por ejemplo, la naturaleza del cuerpo es tal que si una de sus partes puede ser movida o excitada por otra parte un poco alejada, también podrá serlo por las partes intermedias, pudiéndose generar una sensación errónea sobre el origen del dolor. Esto es debido, a pesar de la suprema bondad divina, a que la naturaleza humana al estar compuesta de dos substancias no puede dejar de ser falaz a veces. Y es importante saber esto, no solo para reconocer los errores a los que está sometida nuestra naturaleza, sino para poder corregirlos más fácilmente. Así, sabiendo que todos los sentidos me indican con más frecuencia lo verdadero que lo falso, en lo tocante a las cosas que atañen a lo que es útil o dañoso para mi cuerpo, debo usar varios de esos sentidos para examinar una y la misma cosa, además de contar con mi memoria para tener en cuenta los conocimientos del pasado junto con los presentes y, hacer uso también de mi entendimiento, que ya conoce las causas de mis errores. Si hago todo esto no debo temer en adelante que sean falsas las cosas que mis sentidos habitualmente me representan. Por ello debe rechazar por hiperbólicas y ridículas las dudas que hemos planteado, sobre todo la relativa a los sueños.
Podemos señalar ahora que hemos analizado nuestras dudas y hemos establecido algunos conocimientos como ciertos que hay una gran diferencia entre el sueño y la vigilia: nuestra memoria no puede enlazar y juntar nuestros sueños unos con otros como sí puede hacer cuando estamos despiertos.
Por tanto no debemos dudar de la verdad de las cosas si tras acudir a varios sentidos, a la memoria y al entendimiento, no encontramos cosas contradictorias o incoherentes entre sí. No siendo Dios falaz, podemos concluir que la fuente de nuestros errores está en la precipitación del juicio ya que la premura al obrar pone de manifiesto la endeblez de nuestra naturaleza.
Algunas consideraciones sobre las Meditaciones
La obra está escrita en primera persona igual que el Discurso del método pero en ambos casos el “yo” desde el que habla Descartes no es un yo personal, no es un sujeto particular, sino que puede ser cualquier yo. El punto de partida de la reflexión cartesiana, y aquí podemos apreciar uno de los rasgos de su modernidad es el pensamiento, es la conciencia, el pensamiento no la realidad.
El Dios del que habla Descartes no es en gran medida el de la fe popular, no es el Padre bueno que cuida de sus hijos, al que podemos acudir para pedir auxilio y orientación, no es un Dios personal; es un Dios filosófico. No es que niegue que ese otro Dios exista, es que Ese es asunto de la teología no de la filosofía. El interés metafísico de Descartes en Dios es que garantiza la racionalidad del mundo y la mía propia, la del yo pensante. De ahí la importancia de la demostración de su existencia y de su perfección.
Todos los argumentos que va a esgrimir Descartes a favor de la existencia de Dios están basados en la perfección de Dios, tanto cuando hace uso al argumento ontológico como cuando arguye los otros dos argumentos.
Otra característica fundamental de la obra de Descartes, no solo de la Meditaciones, es que la única autoridad de verdad en el conocimiento del mundo (es decir la ciencia que está naciendo y la filosofía) es única y exclusivamente la razón humana. De ahí la importancia de fundamentar su validez; hay que demostrar que si la razón afirma que el sol no se mueve esto es verdad. Nuevamente apreciamos lo revolucionario del pensamiento cartesiano y que le hace romper con la tradición. Él cree solventar el problema de la racionalidad humana bastante bien pero la duda planteada por el genio maligno tendrá repercusiones importantes en la filosofía posterior.
El problema de fondo lo podemos formular del siguiente modo: ¿Creo en las verdades matemáticas (las verdades evidentes) porque son así para cualquier conciencia posible o esas verdades se me imponen porque Dios lo quiere de modo que si no lo quisiera las verdades serían otras?, ¿otra conciencia distinta a la mía tendría evidencias que para mí no lo serían?, ¿su proceso de razonamiento sería distinto del mío de modo que no podría admitir como verdaderas opiniones que yo me veo compelida a admitir como tal?, ¿solo hay un sistema lógico de pensamiento o hay otras leyes del pensamiento que otros seres pensantes podrían desarrollar?
Al probar la existencia de Dios lo que hace Descartes es demostrar que hay una idea en mí que es formalmente verdadera, es decir, que se corresponde con un ser real en el mundo y que, por tanto, puedo confiar en la verdad de las que sean claras y distintas. La duda nos había llevado al solipsismo y la existencia de Dios garantiza la realidad extra-mental de mis ideas claras y distintas.