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Textos sobre la Filosofía

La concepción kantiana de la filosofía

Immanuel Kant (1724-1804), uno de los grandes filósofos de la historia del pensamiento, que era muy consciente de la peculiaridad del saber filosófico, solía decirles a sus alumnos que «no iba a enseñar filosofía sino a filosofar». Kant entendía que la filosofía no se puede ensañar del mismo modo que se enseña biología, geología, física o historia. Todos los físicos están de acuerdo en qué es la Física, cuáles son los principales problemas que aborda y cuáles las soluciones satisfactorias a dichos problemas. Enseñar Física consiste precisamente en enseñar esos problemas junto con sus soluciones. Pero no ocurre lo mismo en Filosofía. No existe una definición unánime de qué es la filosofía, cuáles sus problemas fundamentales y mucho menos, cuales son las soluciones a dichos problemas. Lo que vamos a encontrar en filosofía es una serie de pensadores que se enfrentan a diversas cuestiones, no siempre las mismas, y que ofrecen una amplia gama de respuestas, muchas veces incompatibles entre sí. Por eso, lo más honesto que puede hacerse es lo que nos propone Kant: enseñar Filosofía es enseñar una actitud, una actividad. No se trata de enseñar un pensamiento ya formulado sino que se trata de enseñar a pensar. La actividad filosófica consiste en ejercer la razón dejándonos llevar única y exclusivamente por ella para llegar hasta el fondo de las cosas.

Kant daba a sus alumnos algunos consejos para realizar esta tarea:                                             

  • Hay que pensar siempre por sí mismo. Con este consejo pretende Kant que no nos dejemos guiar por más autoridad que la de la propia razón. No debemos aceptar una opinión simplemente porque venga dada por la tradición, o por alguien, una autoridad por ejemplo, si no está racionalmente fundamentada. Es decir, no debemos aceptar nada acríticamente.
  • Hay que pensar siempre poniéndose en el lugar del otro. Este consejo pretende evitar los peligros a los que nos puede conducir el consejo anterior. Cuando intento pensar por mí mismo sin más autoridad que mi propia razón ¿cómo sé que no estoy equivocada? ¿Cómo sé que no estoy ofuscada, y en vez de guiarme por la razón me estoy dejando llevar por mi propio error? Pensar poniéndose en el lugar de otro significa considerar otras posibilidades, considerar en serio, otra manera de ver o analizar las cosas. Esta regla aconseja el diálogo racional con la autoridad, con la tradición para evitar el dogmatismo.
  • Hay que pensar siempre en consonancia con uno mismo. Este consejo indica que seamos coherentes con nosotros mismos y nuestras reflexiones, que debemos evitar la contradicción y la inconsistencia en nuestros razonamientos  y argumentaciones.

Decía también Kant que la tarea de la Filosofía se puede reducir a tres cuestiones: ¿qué puedo saber?, ¿qué puedo hacer?, ¿qué me cabe esperar? Peguntas todas ellas que se resumen en una: ¿Qué es el hombre? Como se puede ver no hay saber más radical y más universal  que éste. Radical porque va hasta el fondo de las cuestiones, porque no puede dar nada por establecido o por supuesto, no puede apoyarse en ningún otro tipo de saber. Universal porque no hay ningún aspecto de la realidad que le sea ajeno. Los demás saberes acotan una parcela de la realidad e intentan conocerla, la filosofía pretende abarcar toda la realidad.

Filosofía y Ciudadanía. Libro de texto de Akal

«Si, a pesar de las instancias de Anito, quien ha manifestado, que o no haberme traído ante el tribunal, o que una vez llamado no podéis vosotros dispensaros de hacerme morir, porque, dice, que si me escapase de la muerte, vuestros hijos, que son ya afectos a la doctrina de Sócrates, serian irremisiblemente corrompidos, me dijeseis: Sócrates, en nada estimamos la acusación de Anito, y te declaramos absuelto; pero es a condición de que cesarás de filosofar y de hacer tus indagaciones acostumbradas; y si reincides, y llega a descubrirse, tú morirás; si me dieseis libertad bajo estas condiciones, os respondería sin dudar: Atenienses, os respeto y os amo; pero obedeceré a Dios antes que a vosotros, Sócratesy mientras yo viva no cesaré de filosofar, dándoos siempre consejos, volviendo a mi vida ordinaria, y diciendo a cada uno de vosotros cuando os encuentre: buen hombre, ¿cómo siendo ateniense y ciudadano de la más grande ciudad del mundo por su sabiduría y por su valor, cómo no te avergüenzas de no haber pensado más que en amontonar riquezas, en adquirir crédito y honores, de despreciar los tesoros de la verdad y de la sabiduría, y de no trabajar para hacer tu alma tan buena como pueda serlo? Y si alguno me niega que se halla en este estado, y sostiene que tiene cuidado de su alma, no se lo negaré al pronto, pero le interrogaré, le examinaré, le refutaré; y si encuentro que no es virtuoso, pero que aparenta serlo, le echaré en cara que prefiere cosas tan abyectas y tan perecibles a las que son de un precio inestimable. (…)»

Platón, Apología, Madrid, Gredos, 29c-30a

 

 

«[…] los hombres –ahora y desde el principio- comenzaron a filosofar al quedarse maravillados ante algo, maravillándose en un primer momento ante lo que comúnmente causa extrañeza y después, al progresar poco a poco, sintiéndose perplejos también ante cosas de mayor importancia, por ejemplo ante las peculiaridades de la luna, y las del sol y los astros, y ante el origen de todo. Ahora bien, el que se siente perplejo y maravillado reconoce que no sabe […]. Así pues, si filosofaron por huir de la ignorancia, es obvio que perseguían el saber por afán de conocimiento y no por utilidad alguna […] y es que un conocimiento tal comenzó a buscarse cuando ya existían todos los conocimientos necesarios, y también los relativos al placer y al pasarlo bien.»

Aristóteles, Metafísica, Madrid, Gredfos I, 982b, 10-25

«El hombre que no tiene ningún barniz de Filosofía, va por la vida prisionero de los prejuicios que derivan del sentido común, de las creencias habituales de su tiempo y de su país, y de las que se han desarrollado en su espíritu sin la cooperación ni el consentimiento deliberado de la razón. Para este hombre el mundo tiende a hacerse preciso, definido, obvio; los objetos habituales no le suscitan problema alguno, y las posibilidades no familiares son desdeñosamente rechazadas. […]

La filosofía debe ser estudiada, no por las respuestas concretas a los problemas que plantea, puesto que, por lo general, ninguna respuesta precisa puede ser conocida como verdadera; sino más bien por el valor de los problemas mismos; porque estos problemas amplían nuestra concepción de lo posible, enriquecen nuestra imaginación intelectual y disminuyen la seguridad dogmática que cierra el espíritu a la investigación; pero, ante todo, porque por la grandeza del Universo que la filosofía contempla, el espíritu se hace a su vez grande, y llega a ser capaz de la unión con el Universo que constituye su supremo bien.»

Bertrand Russell, Los problema de la filosofía. Barcelona, Labor, 1928, pág. 182-187

 

«La filosofía no brota por razón de utilidad, pero tampoco por sinrazón de capricho. Es constitutivamente necesaria al intelecto. ¿Por qué? Su nota radical es buscar todo como tal todo, capturar el universo, cazar el unicornio. Mas, ¿por qué ese afán? ¿Por qué no contentarnos con lo que sin filosofar hallamos en el mundo, con lo que ya es y está ahí patente ante nosotros? Por esta sencilla razón: todo lo que es y está ahí, cuanto nos es dado, presente, patente, es por su esencia mero trozo, pedazo, fragmento, muñón. Y no podemos verlo sin prever y echar de menos la posición que falta.»

Ortega y Gasset, ¿Qué es filosofía?

 

«El principal interés de la filosofía es cuestionar y entender las ideas más comunes que todos usamos a diario sin pensar en ellas. Un historiador puede preguntarse qué  ocurrió en algún tiempo pasado, pero un filósofo preguntará: “¿Qué es el tiempo?” Un matemático puede investigar las relaciones entre los números, pero un filósofo preguntará: “¿Qué es un número?” un físico puede preguntar de qué están hechos los átomos o qué explica la gravedad, pero un filósofo preguntará cómo podemos saber que existe algo fuera de nuestras mentes. Un psicólogo puede investigar cómo aprenden el lenguaje los niños, pero un filósofo preguntará: “¿Qué hace que una palabra signifique algo?” Cualquiera puede preguntar si es malo entrar furtivamente en el cine sin haber pagado, pero un filósofo preguntará: “¿Qué hace que una acción sea buena o mala?”

No podríamos arreglárnoslas en la vida sin dar casi siempre por sentado las ideas del tiempo, número, conocimiento, lenguaje, bueno y malo; pero en filosofía investigamos estas cosas de suyo. El objetivo es hacer un poco más profundo nuestro entendimiento del mundo y de nosotros mismos. Obviamente no es tarea fácil. Cuanto más básicas sean las ideas que trates de investigar, menores serán las herramientas de que dispongas para trabajar. No hay mucho que puedas presuponer o dar por sentado. Así la filosofía es una actividad bastante vertiginosa, y pocos de sus resultados permanecen incuestionables por mucho tiempo.»

 Thomas Nagel ¿Qué significa todo esto? Una brevísima introducción a la filosofía. México, Fondo de Cultura Económica, 1995

 

 

«El paleto perfecto es el que nunca se asombra de nada; ni aún de su propia estupidez»

Antonio Machado, Juan de Mairena

 

«Así pues, en la época actual […] ¿qué información podemos recibir de la filosofía? La única respuesta que nos resignamos a dar es que la hubiera probablemente ofrecido el propio Sócrates: ninguna. Nos informan las ciencias de la naturaleza, los técnicos, […] pero no hay información “filosófica”. Muy bien, pero ¿es información lo único que buscamos para entendernos mejor a nosotros mismos y a lo que nos rodea?

 Supongamos que recibimos una noticia cualquiera, esta por ejemplo: un número equis de personas muere diariamente de hambre en todo el mundo. Y nosotros recibida la información, nos preguntamos: “¿en qué mundo vivimos?”. No hay respuesta científica para esta última  pregunta, porque evidentemente no nos conformaremos con respuestas como “vivimos en el planeta Tierra”  […] ni si quiera con que se nos diga que “vivimos en un mundo muy injusto” o “un mundo maldito por Dios a causa de los pecados de los humanos” (¿por qué es injusto lo que pasa?, ¿en qué consiste la maldición divina y quién la certifica?, etc.) en una palabra, no queremos más información sobre lo que pasa sino saber qué significa la información que tenemos, cómo debemos interpretarla y relacionarla con otras informaciones anteriores o simultáneas, qué supone todo ello en la consideración general de la realidad en que vivimos, cómo podemos o debemos comportarnos en la situación así establecida. Estas son precisamente las preguntas a las que atiende lo que vamos a llamar filosofía. Digamos que se dan tres niveles distintos de entendimiento: a) la información, que nos presenta los hechos y los mecanismos primarios de lo que sucede; b) el conocimiento, que reflexiona sobre la información recibida, jerarquiza su importancia significativa y busca principios generales para ordenarla; c) la sabiduría, que vincula el conocimiento de las opciones vitales o valores que podemos elegir, intentando establecer cómo vivir mejor de acuerdo con lo que sabemos.  

 

Creo que la ciencia se mueve entre el nivel a) y el b) de conocimiento, mientras que la filosofía opera entre el b) y el c). De modo que no hay información propiamente filosófica, pero si puede haber conocimiento filosófico».

Fernando Savater, Las preguntas de la vida

«De este modo, la filosofía recobraría, grande y profunda, su misión al contribuir a la conciencia de la condición humana y al aprendizaje de la vida. Como ya lo indican los gabinetes y los cafés de filosofía, la filosofía toca a la existencia de todo el mundo y a la vida cotidiana. La filosofía no es una disciplina, es una potencia de interrogación y de reflexión que no sólo versa sobre los conocimientos y la condición humana, sino también sobre los grandes problemas de la vida. En este sentido, el filósofo debería estimular en todas partes la aptitud crítica y autocrítica, fermentos irremplazables de la lucidez, y animar por doquier a la comprensión humana, tarea fundamental de toda cultura».

Edgar Morin, La mente bien ordenada

Edagr Morin (1921-)

«La filosofía ha consistido siempre en sus preguntas: filosofar es hacerse ciertas preguntas radicales, inevitables, si uno quiere saber a qué atenerse, qué pensar sobre la realidad, qué hacer, cómo vivir. Que estas preguntas tengan o no respuesta es otra cuestión, ciertamente secundaria. Pero la filosofía no está segura de encontrarlas, de lo que está inconmoviblemente persuadida es de que si no se plantea estas preguntas no es filosofía. A nadie se obliga a hacerlas, porque a nadie se obliga a ser filósofo, pero si no se hacen no se puede hablar de filosofía…

En épocas de confusión, de crisis de las creencias de las que se vive, de vértigo, como decía Platón en su maravillosa carta séptima, lo que algunos hombres piensan calladamente en su retiro, cuando se esfuerzan por ver cómo son las cosas, por entenderlas, por dar razón de ellas, si son capaces de comunicarlo verazmente a los demás, puede servirles para vivir desde sí mismos, y por tanto para conseguir que sus vidas sean «suyas»…

Pero la filosofía no puede contar con el acierto, no se sabe a dónde va a llegar, el fracaso la acecha constantemente y puede obligarla a empezar de raíz. Esto es lo decisivo, de raíz. La filosofía ha surgido en el mundo cuando el hombre ha descubierto las cuestiones radicales y no ha tenido una certidumbre suficiente. Incluso cuando la ha tenido, le ha sido menester entenderla, ponerla en conexión con el resto de las verdades, las dudas y los problemas. Cuando las cuestiones radicales se abandonan y los hombres no se preguntan por ellas, por supuesto han dejado de hacer filosofía. Lo grave no es esto sino que la vida humana se queda sin raíces.»

Julián Marías, ABC, 28 de julio de 1990