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El nacimiento de ética. La ética griega

  1. Sócrates
  2. Aristóteles
  3. Estoicismo
  4. Epicuro de Samos

1. Sócrates

Este celebérrimo filósofo nació sobre el 470 a.C. y murió el 399 a.C. tras ser condenado a muerte. Sobre él recaía la acusación de intentar introducir nuevos dioses y de corromper a la juventud. Sócrates se defendió de estos delitos diciendo que la verdadera causa del proceso es su dedicación a la filosofía. Como no está dispuesto a renunciar a la actividad filosófica, no se reconoce como culpable y es condenado beber la cicuta, aceptando la muerte con dignidad. De él no se conserva ninguna obra y no porque se hayan perdido como tantas otras, sino porque nunca escribió nada. Casi todo lo que conocemos de él es a través de su discípulo Platón. Este filósofo sí que escribió muchos diálogos que han llegado hasta nosotros, cuyo personaje principal era casi siempre Sócrates. Toda su vida vivió en Atenas. No participó nunca en política y cumplió con honradez y valentía sus deberes como ciudadano. Gran parte de su tiempo lo dedicaba a deambular por la ciudad, rodeado de discípulos y amigos, y dialogando con ellos. Creía que sólo hablando, dialogando podremos entre todos llegar a la verdad.

 

 

Foto tomada por la autora en el Museo Arqueológico de Nápoles
Foto tomada por la autora en el Museo Arqueológico de Nápoles

De él nos cuenta Platón en la Apología (relato que narra la defensa de Sócrates) que un día fue con su amigo Querofonte a consultar al oráculo de Delfos. Querofonte preguntó si había alguien más sabio que Sócrates a lo que la Pitia respondió que nadie era más sabio que él. Sócrates, extrañado ante tal respuesta intentó indagar el sentido de la misma y se dedicó a hablar con todos aquellos que decían ser expertos en algo para mostrar que él no era el más sabio de todos, ya que él se consideraba un ignorante. Cuando interrogaba a aquellos que decían saber algo, ser expertos en algo se daba cuenta de que, en realidad, carecían de saber puesto que no eran capaces de definir y explicar con claridad aquello que decían conocer. Entonces, Sócrates entiende por fin lo que ha querido decir la Pitia: «Es probable que ni uno ni otro sepamos nada que tenga valor, pero este hombre cree saber algo y no lo sabe, en cambio yo, así como, en efecto, no sé, tampoco creo saber. Parece, pues, que al menos soy más sabio que él en esta misma pequeñez, en que lo que no sé tampoco creo saberlo. A continuación me encaminé hacia otro de los que parecían ser más sabios que aquél y saqué la misma impresión.» (Platón, Apología, 21d). En esto consiste la famosa ignorancia socrática que se refleja en la famosa frase, «Sólo sé que no sé nada». Sócrates quería saber qué era la valentía, la justicia, la bondad puesto que reconocía no saberlo. La búsqueda del saber se inicia con el reconocimiento de lo que no sé. Al interrogar a aquellos que decían saberlo, y que solía ser gente poderosa e influyente, se encontraba con que no eran capaces de explicar adecuadamente eso que decían saber. Y así, dejaba en ridículo a aquellos que decían saber. Es la ironía socrática. El que dice que no sabe, cuestiona y deja en ridículo al que dice saber. Este tipo de actividad le costó la vida a Sócrates.

           

Sócrates participaba de la mentalidad de su tiempo, para la que el sabio no es sólo el que conoce los secretos del universo, sino sobre todo el que sabe vivir bien. Pero ¿cómo se aprende y se enseña a vivir bien? En la época de Sócrates se hablaba mucho de educación, los tiempos habían cambiado rápidamente y el antiguo sistema educativo se había quedado obsoleto. Había una cuestión que se plantearon con bastante seriedad: ¿Es enseñable la virtud?[1] ¿Se puede enseñar a vivir una vida digna? Hoy quizá nos resulte extraña la pregunta pero no estaría de más que nos la planteáramos de vez en cuando. En el siglo V-IV a. C., había dos concepciones enfrentadas: la de los más tradicionalistas y la representada por los sofistas. Los más tradicionales de la sociedad sostenían que la virtud (areté o excelencia)  no se aprende, es algo que se “lleva en la sangre”, solo la “gente noble” puede llevar una vida virtuosa. Una vida que se ajuste a los cánones de la sociedad y, en todo caso, se podrá aprender algo estando en contacto con gente virtuosa, con los mejores de la sociedad, con la excelencia. Los sofistas, completamente contrarios a esta visión, decían que la virtud era enseñable y de hecho a eso se dedicaban, eran maestro de la areté.

La posición de Sócrates no era ninguna de estas dos. La virtud se puede enseñar, pero solo es posible mediante el diálogo y la razón. Hay que pensar, pero pensar en compañía para que así los demás puedan corregirnos y nosotros a ellos. Sócrates partía de la base de que en nuestro interior reside la verdad («Conócete a ti mismo») y el bien, sólo hay que saber sacarlo a la luz. Sócrates bromeaba con el oficio de su madre (era comadrona) diciendo que él no era sabio sólo «ayudaba a dar a luz» el bien y la verdad. A ese método para llegar a la verdad se le conoce con el nombre de mayeútica.

 

Intelectualismo moral

Sócrates defendía una curiosa teoría acerca del bien y del mal. Sostenía que bastaba con saber en qué consiste el bien para realizarlo. Si una persona hace algo que no está bien es porque no sabe distinguir el bien del mal. Es decir, que nadie obra mal a sabiendas. De modo que lo que hemos de hacer no es castigar a esa persona sino educarla, enseñarle en qué consiste el bien. Veámoslo un poco más despacio.

El intelectualismo moral es una doctrina que afirma que para poder obrar bien, previamente debemos conocer qué es el bien, es decir vincula el conocimiento con la acción moral. Es algo similar a lo que ocurre con los saberes técnicos, no se puede construir un puente sin saber previa y claramente qué es un puente. Del mismo modo, si quiero ser valiente tengo que saber qué es el valor, si quiero ser honrado necesito indagar previamente en qué consiste esa virtud. Esta doctrina afirma, además que es imposible saber en qué consiste la virtud y no practicarla. Sócrates está convencido de que nadie hace el mal a sabiendas y, por tanto, quien lo hace es porque no sabe que es un mal. Nadie, diría Sócrates, puede saber que es lo justo y bueno en una determinada situación y no hacerlo. El que hace un mal es, en realidad un ignorante.

Aparentemente este punto de vista parece poco realista: ¿no sabe el ladrón de bancos que está mal robar?, ¿no sabe el político corrupto que está mal lo que hace? Claro que lo saben (diría la mayoría), pero entonces ¿por qué lo hacen? Porque para ellos el bien que consiguen con ese acto es mayor que el mal que hacen. Lo que cree Sócrates es que eso que ellos llaman un bien superior, su beneficio personal, en realidad no es tal bien. El ladrón, el político corrupto, el alumno que roba a un compañero cree que está consiguiendo algo que le beneficia, una posesión que quiere tener a toda costa porque de ella depende su felicidad. Y ese es su primer error, la felicidad no depende de lo que tengamos.  El segundo es que con su acto vil destruyen lo más elevado del ser humano, su alma, su racionalidad y no hay para el ser humano mayor mal que ese. El que roba, el que miente, en definitiva el que hace algo malo desconoce en gran medida el mal que se está haciendo así mismo, solo percibe lo que consigue, no lo que destruye y por eso es un ignorante.

 

2. Aristóteles

Aristóteles

Nació en el año 384/3 a.C en Estagira. Era hijo de Nicómaco, un médico del rey de Macedonia  Amintas II. A los diecisiete años se fue a estudiar a Atenas. Ingresó en la Academia, la escuela de Platón, y allí permaneció durante veinte años, hasta que murió su maestro. En el 343/2 a.C. fue invitado por Filipo de Mecedonia a ir a la corte de Pella para encargarse de la educación de su hijo Alejandro. Poco después de que Alejandro Magno subiese al trono, Aristóteles vuelve a Atenas y funda su propia escuela: el Liceo. Cuando muere Alejandro (323) y se produce una reacción antimacedónica en Atenas,  Aristóteles huye a Calcis, en Eubea, para que los atenienses no pecaran por segunda vez contra la filosofía, según se cuenta que dijo. Murió poco después en el 322/1 a.C. 

Casi todas las obras que se conservan de Aristóteles no fueron escritas para ser publicadas sino que eran las notas o apuntes que utilizaba para dar sus clases. Las otras, las que escribió para ser leídas se han perdido. Las obras conservadas más importantes son: Metafísica, Retórica, Física, Ética a Nicómaco, Política.  

 

La noción de Bien

Aristóteles define el bien como el propósito o fin al que se encamina una persona o cosa. Afirmar que algo es bueno es lo mismo que decir que bajo ciertas condiciones es el objeto de una aspiración o deseo. «Toda arte y toda investigación, y del mismo modo toda acción y elección, parecen tender a algún bien; por esto se ha dicho con razón que el bien es aquello a que todas las cosas tienden.» (Aristóteles, 1985, 1094a). Si hubiese algo que fuese deseado por sí mismo y no como medio para conseguir otra cosa (lo que llamamos un fin en sí mismo), es decir, si existiese algo en virtud de lo cual hacemos y deseamos todas las demás cosas eso sería el bien supremo. «Si existe, pues, algún fin de nuestros actos que queramos por él mismo y los demás por él, […] es evidente que ese fin será lo bueno y lo mejor. Y así, ¿no tendría su conocimiento gran influencia sobre nuestra vida, y, como arqueros que tienen un blanco, no alcanzaremos mejor el nuestro?» (Aristóteles, 1985, 1094a) 

Ese bien supremo es la eudaimonía, que suele traducirse, aunque no es exactamente lo mismo, como felicidad. Nuestra palabra “felicidad” no traduce correctamente el término eudaimonía que hace referencia tanto al hecho de vivir bien como al de comportarse bien (en general, los griegos identifican virtud y felicidad en el sentido de vivir bien). Sería algo así como la suma de dos expresiones: llevar una buena vida y tener una vida buena.

 

Todo lo que hacemos es para alcanzar la felicidad que es un fin en sí misma  y es lo que entendemos como el bien supremo. Pero ¿en qué consiste la felicidad? Unos, dice Aristóteles, creen que la felicidad consiste en el placer, otros que la felicidad nos la da el dinero, otros que la buena reputación y, por último, hay quien afirma que únicamente la virtud nos hará ser felices. Vamos a examinar cada una de estas posibilidades:

  1. Sobre los que opinan que la felicidad consiste en el placer Aristóteles considera que están equivocados. El placer es infinito, siempre surge uno nuevo, siempre deseamos algo más, el placer es insaciable y por tanto la eudaimonía no puede consistir en el placer, aunque es un fin en sí mismo no es el fin supremo.
  2. La felicidad consiste en el dinero. Aristóteles tampoco cree probable esto ya que el dinero no es un fin en sí mismo sino un medio para obtener otras cosas y hemos definido la felicidad como aquello que se busca por sí mismo y no por otra cosa.
  3. La felicidad consiste en el honor, en ser queridos y admirados por todos. Aristóteles nuevamente niega esta posibilidad ya que el honor y la fama no los buscamos por ellos mismos sino como resultado de una labor bien hecha. Lo que las personas queremos es ser buenos en algo, destacar en algo y que como consecuencia de ello fuésemos admirados y queridos por todos. Alguien que practique un deporte (fútbol, ciclismo, tenis…) lo que quiere es ser un buen deportista, lo que busca es destacar por su buen hacer, no ser simplemente famoso porque sí.
  4. La felicidad consiste en la virtud. De nuevo Aristóteles no está de acuerdo con los que afirman esto ya que todos conocemos a gente que, aunque es muy buena, no es feliz. Él pone como ejemplo a Príamo, rey de los troyanos, que a pesar de ser un hombre bueno, justo y valeroso, no se puede decir de él que haya sido un hombre feliz puesto que vio morir a sus hijos y a su esposa, y destruido su reino.

 

¿Quiere esto decir que no podemos definir, no podemos saber qué es la eudaimonía? Si recordamos la definición que de ella dimos, debemos entender la felicidad como la meta propia del hombre, del ser humano, ¿cuál es esa meta? La de un flautista será tocar bien la flauta; la de un futbolista,  jugar bien al fútbol. ¿Tiene el hombre, por el hecho de ser hombre una actividad específica y con cuya realización nos hacemos realmente hombres? Hay una actividad que es específica del ser humano, que ningún otro ser vivo puede realizarla y es, además, por la que nos reconocemos como seres humanos. Dicha actividad sería el pensamiento (la razón). Aristóteles denominó a esa actividad como “contemplativa”. Una “vida contemplativa” es una vida dedicada al saber y a la investigación, a la actividad que nos es más propia, y, realizándola hallaremos la felicidad. Este tipo de vida no supone ni mucho menos una renuncia a los placeres de la vida, un apartarnos de la sociedad, los bienes materiales son necesarios para la felicidad. Tan sólo supone que nuestra actividad básica y principal es dedicarnos al conocimiento, a la indagación.

La virtud y la felicidad

Pero Aristóteles reconoce que todo el mundo no puede aspirar a ese tipo de vida, la mayoría de la gente tiene que trabajar para vivir y, por tanto tiene que dedicar la mayor parte de su tiempo a dicha actividad. Además no todo el mundo tiene las capacidades suficientes como para llevar una auténtica vida contemplativa. Para ser feliz, tanto si puedes dedicarte a la vida contemplativa como si no, es necesario tener un mínimo de todas aquellas cosas que algunos confunden con la felicidad: riqueza, placer y honor. Pero además, nos dice Aristóteles, necesitamos de la amistad y de la virtud (areté).  

La virtud no es algo que nos venga dado, no nacemos virtuosos, no es un don de la naturaleza sino un hábito. Mucha gente hoy en día excusa su comportamiento diciendo, «Yo soy así» y creen haber justificado su mala acción. Esta gente considera que es imposible cambiar y quizá habría que decirles que hace falta valor y disciplina para cambiar, pero que se puede. Si tengo el defecto de no ser puntual, no puedo hacer esperar a todo el mundo «porque yo soy así» puesto que puede esforzarme para dejar de ser impuntual.

Distingue Aristóteles dos tipos de virtudes:

  1. a) virtudes intelectuales: sabiduría, inteligencia, prudencia
  2. b) virtudes morales: valor, templanza, liberalidad…

Como ya hemos indicado, la virtud no es algo innato en el hombre, debemos esforzarnos para alcanzarla. Las virtudes intelectuales se adquieren mediante el aprendizaje, la instrucción; las morales mediante el hábito ¿Cómo aprende una a ser valiente? Realizando actos valerosos. Al principio puede que nos cuesten un gran esfuerzo, pero pronto, con la práctica o el entrenamiento, se convertirán en algo habitual en nosotros, en una costumbre. Pero ¿cómo sabemos qué es la virtud? Aristóteles la define las virtudes morales como el término medio, relativo a nosotros, entre dos extremos. El valor, la valentía es un término medio entre la temeridad (exceso) y la cobardía (defecto); la templanza, un término medio entre la vida licenciosa (exceso) y la insensibilidad o desprecio del placer (defecto); la generosidad, sería un término medio entre la prodigalidad (exceso) y la avaricia (defecto). Este término medio no tiene que ser el mismo para todo el mundo, sino el que es oportuno para cada persona, es decir, no se le puede pedir el mismo valor ante el fuego a un bombero que a una persona que no lo sea. La única virtud que no se ajusta a esta descripción es la justicia, pues de ella no hay exceso.

 

3. Los estoicos

Los estoicos, así como los epicúreos, entienden la filosofía como un medio para aprender a vivir, para alcanzar la felicidad. Sólo el que practica la filosofía, puede llegar a ser feliz. Una vida buena, una vida feliz no es fruto del azar o de la buena fortuna, tenemos que aprender qué cosas son buenas y necesarias para alcanzar la felicidad.

Para los estoicos es un presupuesto básico la creencia de que el Universo tiene un sentido, una ley que lo gobierna, que ese sentido es perfectamente lógico y que el hombre, como ser racional puede entender. El ser humano debe captar dicho sentido para poder alcanzar la felicidad ya que su vida ha de ser coherente con ese logos  que rige en universo. Dicho de otra manera, los estoicos proclaman que vivimos en un Cosmos (un universo ordenado y armónico) cuyos planes se identifican con un Logos (Razón) inmanente y divino. El hombre ha de conocer, comprender dicho Logos para adecuar su vida a él y así alcanzar la felicidad.

 

Breve historia de la Stoa

Suele dividirse la historia del estoicismo en tres períodos:

       a) Stoa Antigua. El fundador de la escuela estoica fue Zenon de Citio (Chipre, 332-262 a.C. Llegó a Atenas a los veintidós años, allí completó su aprendizaje y pregonó sus enseñanzas en el Pórtico Pintado del ágora (la galería llamada en griego Stoa Poikile de donde viene el nombre de la escuela). Le sucedió Cleantes, un atleta corpulento que ejercía el oficio de aguador durante la noche para ganarse la vida. Después de Cleantes dirigió la escuela Crisipo de Solos. Era un hábil dialéctico y fue el más prolífico de todos los filósofos antiguos con más de 750 obras, que, como las de Zenón y Clantes se han perdido

        b) Stoa Media: sus representantes más destacados son Panecio de Rodas (185-130 a.C.) y Posidonio de Apamea (135-55 a.C.)

        c) Stoa Nueva: las figuras más importantes son Séneca (1-65 a.C.), Epicteto (50- 125 d.C.) y Marco Aurelio (120- 180 d.c.). Séneca de abolengo cordobés, fue un brillante abogado y preceptor de Nerón. Epicteto era un liberto que nos dice que la única libertad autentica es la interior. Marco Aurelio fue emperador de Roma durante veinte años.

La imperturbabilidad del sabio

El precepto fundamental de la ética estoica es “vivir de acuerdo razonable con la naturaleza”. El hombre forma parte del Universo, del Cosmos y sus acciones deben quedar integradas en el curso del acontecer universal. El hombre ha de conocer el curso general del Cosmos para adaptarse a él. El hombre pude conocer dicho curso gracias a su razón, a su participación en el logos. Así ha de ser la razón y no los deseos o los apetitos los que guíen la acción humana.

Lo apropiado de cada ser, lo que le pertenece de acuerdo con su naturaleza es lo que lo lleva a su realización y a la felicidad. Lo propio del ser humano es la virtud, lo impropio el vicio. La virtud ha de ser la meta, el objetivo de nuestros actos y sólo así alcanzaremos la felicidad. Para los estoicos existe una sola virtud: la prudencia (phronesis). Las demás virtudes como el valor, la templanza, la justicia, no son más que manifestaciones parciales de la única virtud.

Los conceptos “bueno” y “malo” los estoicos los aplican exclusivamente a aquellas cosas que son fruto de la elección humana. Así,  por ejemplo la riqueza, la salud, el honor, etc., no pueden ser llamados buenos. Son considerados indiferentes para la ética aunque admiten que son preferibles a sus contrarias. En la medida en que no están totalmente en poder del obrar humano, aunque tendamos a conseguir las preferibles y evitar las rechazables no son un bien, sino sólo algo ventajoso. La salud o la riqueza no hacen al sabio mejor moralmente, ni más feliz que la enfermedad o la pobreza que puedan tocarle en suerte.

Al establecer que el bien y el mal están en aquello que depende de nosotros el estoicismo cree firmemente que el sabio, por sí solo, puede alcanzar la felicidad. Para alcanzar la felicidad es imprescindible la serenidad de ánimo. Para conseguirla hay que dirigir correctamente nuestros deseos, emociones y pasiones. El sabio no se deja llevar ni por los deseos ni por las emociones exigiéndose continuamente un total dominio de sí, un autocontrol. El sabio jamás mostrará alegría, tristeza o dolor. La serenidad debe ser la imagen de su rostro. El ideal es la imperturbabilidad.

La aceptación del destino, de las cosas tal y como suceden es otra de las facetas más características de los estoicos. Después de haber hecho todo lo que está a nuestro alcance para obtener algún objeto o meta, el éxito o el fracaso de nuestros empeños no debe perturbar el ánimo del sabio. No debe alterarse ni por su éxito ni por su fracaso. Además, en un mundo regido por la Providencia universal, lo que acontece es siempre conveniente al conjunto general, aunque no veamos su necesidad desde nuestra limitada perspectiva. Así aceptando lo que el devenir le presenta, el estoico planta cara al Destino y jamás se queja de las adversidades con las que se pueda encontrar. «Los hados conducen al que lo acepta, arrastran al que se niega a hacerlo». Inútil es protestar contra lo inevitable. Lo que Séneca denominó el amor fati es uno de los rasgos más firmes y admirables de la conducta del sabio, inalterable en medio de las aparentes desgracias, inmune a las torturas y sufrimientos, consciente de que solo uno mismo puede causarse el mal.

Séneca. Museo del Prado

Textos

«De lo que existe, unas cosas dependen de nosotros, otras no. De nosotros dependen juicio, impulso, deseo, aversión y, en una palabra, cuantas son nuestras propias acciones; mientras que no dependen de nosotros el cuerpo, la riqueza, honras, puestos de mando y, en una palabra, cuanto no son nuestras propias acciones. 2. Y las cosas que dependen de nosotros son por naturaleza libres, sin impedimentos, sin trabas; mientras que las que no dependen de nosotros son inconsistentes, serviles, sujetas a impedimento, ajenas. 3. Recuerda, pues, que si las cosas por naturaleza esclavas las creyeras libres y las ajenas propias, andarás obstaculizado, afligido, lleno de turbación e increparás a los dioses y a los hombres; en cambio, si solo lo tuyo juzgas que es tuyo y lo ajeno, como realmente es, ajeno, nadie te coaccionará nunca, nadie te pondrá impedimentos, no increparás a nadie, no acusarás a ser alguno, nada harás que no quieras, nadie te perjudicará: no tendrás enemigo, pues ni te dejarás persuadir de que haya algo perjudicial.»

Epicteto, (2004): Enquiridión, Barcelona, Anthropos, 2ªedición, pág. 3

 

 « […] En cuanto al deseo, suprímelo por ahora enteramente; pues, si deseas algunas de las cosas que no dependen de nosotros, es forzoso que fracases, y si alguna de las que dependen de nosotros, de cuantas fuere honesto desear, ninguna está todavía a tu alcance.»

 

Epicteto, (2004): Enquiridión, Barcelona, Anthropos, 2ªedición, pág. 13

 

 

«Lo que turba los hombres no son los sucesos, sino las opiniones acerca de los sucesos. Por ejemplo, la muerte no es nada terrible, pues, de serlo también se lo habría parecido a Sócrates; sino la opinión de que la muerte es terrible, ¡eso es lo terrible! Cuando, pues, nos hallemos incómodos o nos turbemos o aflijamos, nunca echemos a otros la culpa, sino a nosotros mismos, esto es, a nuestras propias opiniones. Obra es de quien carece de formación filosófica acusar a otros de aquello que a él le va mal; quien empieza a educarse, se acusa a sí mismo; quien ya está educado, ni a otro ni a sí mismo acusa.»

 

Epicteto, (2004): Enquiridión, Barcelona, Anthropos, 2ªedición, pág. 18

 

 

4. Epicuro de Samos

Epicuro nació en la isla de Samos en el año 341 a.C. Era hijo de un colono emigrante, maestro de profesión. Al parecer, Epicuro comenzó pronto a estudiar filosofía. A los dieciocho años se traslada a Atenas para cumplir su servicio militar. Al volver con su familia se encontró con la noticia de que se habían trasladado a Colofón. Allí vivió Epicuro durante diez años y estudió con Nausífanes, un filósofo discípulo de Demócrito y del escéptico Pirrón. En el 306 vuelve a Atenas para fundar allí su escuela. Es esta ciudad vivirá hasta su muerte. Atenas seguía siendo, pese a las vicisitudes de la política, el centro intelectual de la Hélade. El Liceo y la Academia eran las escuelas filosóficas de mayor prestigio. Epicuro compró una casa y un huerto cercano a ella, el Jardín (kêpos). En ella fundó su escuela donde se elaboraron sus escritos. En esta escuela se admitían personas de todas las clases sociales, incluso mujeres (también de todo tipo) y, algo aún más insólito, esclavos.

 

Epicuro escribió numerosas obras, de las que nos han llegado breves fragmentos y algunas “cartas”. La filosofía es para Epicuro una especie de saber para la vida, saber que incluye unos conocimientos acerca de cómo es el mundo, la constitución física del Cosmos, y unos consejos prácticos para alcanzar la tranquilidad del ánimo y la felicidad. El sabio es feliz. «No hay que simular filosofar, sino filosofar realmente. Porque no necesitamos aparentar estar sanos, sino estar sanos realmente.» Sabio es el que posee el arte de saber vivir. El individuo necesita de un auténtico conocimiento de la realidad, necesita liberarse de sus falsas opiniones que no hacen más que perturbar el ánimo. El saber, la filosofía, en Epicuro es un instrumento para alcanzar la felicidad.

Epicuro. Enciclopedia Herder

El hedonismo

Para Epicuro el Universo está compuesto de átomos y vacío. Todos los cuerpos, todas las cosas que existen son un conglomerado de átomos. Así el alma humana también se compone de átomos y es mortal. Incluso los dioses están también formados de átomos, aunque de unos átomos especiales que los hacen inmortales.

La felicidad para Epicuro se halla en el placer, en el gozo. La filosofía ha de buscar aquello que produce placer y evitar aquello que nos produce dolor. El placer es, para Epicuro, el principio y el fin de una vida feliz. En esto consiste el hedonismo, en identificar el placer con la felicidad y así, la ética epicúrea es una ética hedonista.

Con respecto al placer Epicuro afirma lo siguiente:

a) la supresión del dolor produce placer, un placer estable o catastemático

b) hay otro tipo de placeres, los cinéticos como el regocijo o la alegría. Esto son inferiores a los anteriores

c) los dolores del alma son peores que los del cuerpo, pues éste sufre tormentos presentes, pero en el alma quedan grabados los del pasado y puede sufrir por los futuros.

Es decir, Epicuro distingue dos tipos de placeres: los cinéticos y los catastemáticos. Los catastemáticos consisten en la ausencia de dolor, de sufrimiento, sea este del cuerpo (aponía) o del alma (ataraxia). Estos placeres son fáciles de conseguir y son superiores a los cinéticos. Los placeres cinéticos o en movimiento consisten en una agitación de nuestra sensibilidad. Cuando el organismo sufre un desequilibrio experimentamos dolor; pero cuando ese dolor desparece alcanzamos el placer catastemático, definido por la ausencia de dolor. Sobre este estado actúan luego los movimientos placenteros de nuestra sensibilidad que no acrecientan nuestro placer, sino que sólo lo “colorean” o lo diversifican. Así, para Epicuro al placer de saciar el hambre le sigue un estado placentero, de satisfacción, un placer catastemático. Pero si se continúa comiendo (ese postre que tanto me gusta, por ejemplo), aparecen los placeres cinéticos que no aumentan el placer básico de no tener hambre, sino que sirven para deleitarnos.

Para Epicuro los placeres no son ilimitados. Una vez alcanzado el estado de equilibrio el placer no aumenta. Es más, si no ponemos freno a nuestros deseos podemos estar provocando un dolor o sufrimiento. Muchas veces deberemos evitar o mesurar nuestros placeres cuando de ellos se sigue para nosotros una molestia mayor.

Distingue además Epicuro entre los placeres del alma y los del cuerpo. Los placeres básicos son los del cuerpo, los de la carne (no sentir hambre, o frío, o dolor) pues mientras no exista equilibrio, estabilidad corporal no podemos alcanzar a otro tipo de placeres. Ahora bien los dolores y placeres del alma son mayores, aunque no primeros que los del cuerpo. Los dolores de la carne son fáciles de eliminar (el pan y el agua son suficientes para el que tiene hambre y sed) y los otros son fáciles de soportar. Los pesares y sufrimientos que perturban el alma permanecen largo tiempo a causa de la memoria. Aunque también, gracias a ella podemos rememorar gozos pasados y volver a disfrutar de ellos.

De los deseos realiza Epicuro la siguiente clasificación: hay deseos naturales y necesarios, naturales y no necesarios y ni naturales ni necesarios.

  1. Deseos naturales y necesarios. Son los que hacen referencia a nuestra inmediata supervivencia y causan dolor si no son saciados. Satisfacer estos deseos suele ser fácil y al hacerlo generan un placer catastemático.
  2. Deseos naturales y no necesarios. Son aquellos que no surgen como reacción al dolor, sino como variación del placer y no producen dolor si no son satisfechos. Se limitan a producirnos placeres cinéticos o variaciones del placer. Entre ellos se incluyen los placeres sexuales.
  3. Los deseos que no son ni naturales ni necesarios son los que surgen no como reacción ante el dolor, ni como deleite de los placeres básicos, sino como fruto de la vana opinión. Son los deseos de honores, gloria y triunfos políticos. Muchos proceden de la vanidad y generalmente nos llevan a la infelicidad.

Epicuro predicó la frugalidad y la sobriedad. Sabio será el que en todo momento aprecia y busca lo natural, lo realmente necesario y se desprende de lo superfluo. La filosofía nos enseña a distinguir los verdaderos placeres de los vanos e innecesarios. El placer y los deseos han de ser moderados.

La filosofía es el camino que nos conduce a la felicidad y es, además, la medicina del alma ya que elimina los temores que perturban al hombre. Los principales temores que impiden alcanzar la paz, la ataraxia son: el miedo a los dioses, a la muerte y al destino.

Con respecto a los dioses Epicuro dice lo siguiente: es evidente que los dioses existen puesto que así lo afirma casi todo el mundo. Sin embargo, no hay que temerlos ya que ellos son felices, viven en su mundo y nunca se ocupan de las cosas de los hombres, ni para premiarlos, ni para castigarlos. Con respecto a la muerte señala Epicuro que tampoco debemos temerla aunque sea lo que más pavor causa a los hombres. Si lo que provoca nuestro miedo es lo que pueda haber después de la muerte debemos desecharlo puesto que nada hay. Cuando morimos los átomos que forman nuestro cuerpo y nuestra alma se separan y nada hay para nosotros después de la muerte. Debemos pensar, por otro lado, que todo mal nos viene de la sensación y la muerte no es más que la ausencia de sensación, con ella termina toda sensación y, por tanto, todo mal. Si lo que no causa angustia es dejar de existir porque queremos una vida ilimitada, la filosofía nos enseña en primer lugar, que eso no es posible pues todo lo que existe, salvo los dioses, es finito; en segundo lugar, no necesitamos una vida eterna para ser felices.

Por último, afirma Epicuro que el destino no existe, nada está escrito, nada está ya prefijado porque los átomos se mueven libremente, azarosamente por el Universo. El hombre es libre y su existencia no está predeterminada por nada ni por nadie.

 

Selección de textos de Epicuro

Epístola a Meneceo

122. «Ni por ser joven demore uno interesarse por la verdad ni por empezar a envejecer deje de interesarse por la verdad. Pues no hay nadie que no haya alcanzado ni a quien se le haya pasado el momento para la salud del alma. Y quien asegura o que todavía no le ha llegado o que ya se le ha pasado el momento de interesarse por la verdad es igual que quien  asegura o que todavía no le ha llegado o que ya se le ha pasado el momento de la felicidad. De modo que debe interesarse por la verdad tanto el joven como el viejo, aquél para al mismo tiempo que se hace viejo rejuvenecerse en dicha por la satisfacción de su comportamiento pasado, y éste para al mismo tiempo que es viejo ser joven por su impavidez ante el futuro. Así, pues, es menester practicar la ciencia que trae la felicidad si es que, presente ésta, tenemos todo, mientras, si ausente, hacemos todo por tenerla»

124. «(…) Acostúmbrate a pensar que la muerte no tiene nada que ver con nosotros, porque todo bien y todo mal radica en la sensación, y la muerte es la privación de sensación. De ahí que la idea correcta de que la muerte no tiene nada que ver con nosotros hace gozosa la mortalidad de la vida, no porque añada un tiempo infinito sino porque quita las ansias de inmortalidad.»

125. «…Así, pues, el mal que más  pone los pelos de punta, la muerte, no va nada con nosotros, justamente porque cuando existimos nosotros la muerte no está presente, y cuando la muerte está presente entonces nosotros no existimos. Por tanto la muerte no tiene nada que ver ni con los vivos ni con los muertos, justamente porque con aquellos no tiene nada que ver y éstos ya no existen. Por otro lado, el común de las gentes unas veces huye de la muerte por considerarla la más grande de las calamidades y otras veces la añora como solución a las calamidades de la vida.»

128. «Pues una interpretación acertada de esta  realidad sabe condicionar toda elección y toda repulsa a la salud del cuerpo y a la inmortalidad del alma, ya que éste es el fin de una vida dichosa. Pues todo lo que hacemos lo hacemos por esto, para no sentir dolor ni temor. Y una vez que este objetivo se cumple en nosotros, se disipa todo tormento del alma, al no tener la persona que ir en busca de algo que le falta ni buscar otra cosa con la que se completará el bien del alma y del cuerpo. Pues tenemos necesidad de gozo sólo en el momento en que sentimos dolor por no estar con nosotros el gozo, pero cuando no sintamos dolor ya no estamos necesitados de gozo. Por esta razón afirmamos que el gozo es el principio y fin de una vida dichosa.»

131. «El pan y el agua procuran la más alta satisfacción cuando uno que está necesitado de estos elementos los logra. Así, pues, el habituarse a un género de vida sencillo y no suntuoso es un buen medio para rebosar de salud, y hace que el hombre no se arredre ante los obligados contactos con la vida, y nos dispone mejor hacia lo suntuoso cuando después de una falta prolongada nos acercamos a ello, y nos hace intrépidos ante el azar. Así pues, cuando afirmamos que el gozo es el fin primordial, no nos referimos al gozo de los viciosos y al que se basa en el placer como creen algunos que desconocen o que no comparten nuestros mismo puntos de vista o que nos interpretan mal, sino al no sufrir en el cuerpo ni estar perturbado en el alma.»

132. «Pues ni las bebidas ni las juergas continuas ni tampoco los placeres de adolescentes y mujeres ni los del pescado y demás manjares que presenta una mesa suntuosa es lo que origina una vida gozosa sino un sobrio razonamiento que, por un lado, investiga los motivos de toda elección y rechazo y, por otro, descarta las suposiciones por culpa de las cuales se apodera de las almas una confusión de muy vastas proporciones.

       El principio para lograr todo esto y el bien más grande es la sensatez. Por  lo cual, bien más preciado que el mismo amor a la verdad resulta la sensatez, de la que se derivan todas las demás virtudes, porque enseña que no es posible vivir gozosamente sin hacerlo sensata y hermosamente y de forma justa sin hacerlo gozosamente. Pues las virtudes están unidas por principio al hecho de vivir gozosamente, y el hecho de vivir gozosamente es inseparable de ellas.»

Máximas Capitales

144.XV «La riqueza exigida por la Naturaleza es limitada y fácil de procurar, pero la exigida por las presunciones alocadas se dispara hasta el infinito.»

145. XIX «Si uno considera por un acto de reflexión el punto más alto que puede alcanzar el gozo, resulta que el tiempo infinito conlleva igual gozo que el limitado»

148. XXVII. «De todos los medios que se arma la sabiduría para alcanzar la dicha en la vida el más importante con mucho es el tesoro de la amistad.»

Sentencias Vaticanas

4. «Todo dolor es fácil de despreciar, pues el que causa una molestia intensa es de corta duración, y el que dura mucho en el cuerpo causa una molestia muy suave.»

14.  «Nacemos una sola vez y dos no nos es dado nacer y es preciso que la eternidad no nos acompañe ya. Pero tú, que no eres dueño del día de mañana, retrasas tu felicidad y, mientras tanto, la vida se va perdiendo lentamente por ese retraso, y todos y cada uno de nosotros, aunque por nuestra ocupación no tengamos tiempo para ello, morimos.»

18. «Si se prescinde de la contemplación, de la conversación y  trato con la persona querida se desvanece toda pasión erótica.»

25. «La pobreza medida según el rasero del fin asignado a nuestro ser, es una riqueza enorme, y una riqueza no limitada es una pobreza enorme.»

33. «El grito del cuerpo es este: no tener hambre, no tener sed, no tener frío. Pues quien consiga eso y confíe que lo obtendrá competiría incluso con Zeus en cuestión de felicidad.»

59. «Lo insaciable no es la panza, como el vulgo afirma,  sino la falsa creencia de que la panza necesita  hartura infinita.»

60. «Todo el mundo se va de la vida como si acabara de nacer.»

65. «Es estúpido pedir a los dioses las cosas que uno no es capaz de procurarse a sí mismo.»

71. «Ante cualquier deseo debemos formularnos la siguiente cuestión: ¿qué me sucederá si se cumple el objeto de mi deseo, y qué si no se cumple?»

 

 

 

Bibliografía

Aristóteles (2019): Ética a Nicómaco, Barcelona, Gredos.

Bréhier, E (1988): Historia de la filosofía, Madrid, Tecnos.

Camps, V, (ED) (1992): Historia de la ética, Barcelona, Crítica.

Epicteto (2004): Enquiridión, Barcelona, Anthropos, 2ªedición.

Epicuro (1996): Obras completas, Madrid, Cátedra.

García Gual, C. (1981): Epicuro, Madrid, Alianza.