Los sofistas
Los sofistas son un grupo de pensadores que no constituyen una escuela filosófica en el sentido de compartir una teoría general sobre el universo, de hecho no se interesan demasiado por el universo y su reflexión gira en torno a los asuntos de la polis. Se trata más bien de un nuevo talante intelectual que surge en Grecia en torno al siglo V a.C. y que algunos han calificado de “ilustrado”. Podemos caracterizar a los sofistas como profesionales de la enseñanza, maestros y críticos de la cultura. Los sofistas se interesaron por todo lo humano: la felicidad, la religión, el arte, la política, el lenguaje, etc. La palabra «sofista» procede del griego sophós y sophía que significan, respectivamente, sabio, experto y sabiduría. Los primeros sofistas no eran atenienses de origen aunque fue en esta polis donde más desarrollaron su actividad educativa y donde alcanzaron fama y prestigio.
La sociedad griega estaba cambiando, la vida social, política y comercial era cada vez más compleja y la educación tradicional basada en la gimnasia y en la poesía se estaba quedando obsoleta. Las continuas disputas que se producían en el seno de la polis llevaron a desarrollar el derecho y a que abundasen los juicios. Como no existía la figura del abogado, tanto el acusador como el acusado tenían que presentar la causa y la correspondiente defensa ante el tribunal. En ese enfrentamiento vencía el que persuadiese al jurado de que su versión de los hechos era la correcta, de manera que la oratoria y la retórica empiezan a ser armas fundamentales para quien pretenda destacar en la vida pública. La aparición de la democracia en Atenas refuerza aún más la importancia de la oratoria. Los sofistas se presentan así como los primeros que cobran por formar a los jóvenes en las nuevas habilidades que demanda una sociedad más compleja y urbana.
¿Qué enseñaban los sofistas? Según nos dicen ellos mismos eran capaces de formar ciudadanos excelentes, enseñaban la areté (la excelencia, que posteriormente será entendida como virtud). Un buen ciudadano es aquel cuya opinión es tenida en cuenta, el que vence en los debates públicos, el que es capaz de administrar correctamente tanto los asuntos privados como los públicos, en definitiva, el que sabe gobernar y aconsejar con prudencia. Y a conseguir eso se encaminaban las enseñanzas de los sofistas. Para ello enseñaban, sobre todo, el arte de la persuasión mediante la argumentación y la práctica de debates sobre cuestiones legales, éticas o políticas. Su enseñanza fundamental era la retórica[1]. Fueron muy cuestionados por enseñar la areté pues para algunos eso no se podía aprender en la “escuela” sino viendo lo que hacían y decían los mayores, los que «saben». Para otros la excelencia no podía ser enseñada puesto que es algo que “se lleva en la sangre”, que no se puede aprender. A pesar de todo tuvieron un gran éxito, sobre todo en Atenas.
Una de las cuestiones sobre las que más reflexionaron los sofistas fue sobre el origen de las leyes, de las costumbres y de las instituciones sociales y políticas. Al preguntarnos por el origen de una ley o costumbre nos estamos preguntando, en gran medida, hasta qué punto es válida o no esa ley. Si decimos que la ley viene de los dioses (como era tradicional) en realidad afirmamos que estamos obligados a obedecerla puesto que procede de una instancia superior al hombre (esta posibilidad fue rechazada por los sofistas). Si decimos que procede de la naturaleza (de la phýsis) estamos diciendo que tiene validez universal, es decir, que es válida para todos los hombres y en todos los lugares y épocas, puesto que todos los seres humanos tenemos la misma naturaleza. Pero si yo afirmo que la ley es producto de una convención, de un acuerdo (nómos) estoy admitiendo la posibilidad de que esa ley no sea justa y buena y de que carezca de validez universal. Los sofistas afirmaron que las leyes, las instituciones y los valores ético-políticos (el bien, la justicia, etc.) son producto del nómos[2] y que, por tanto, son relativos. Lo que consideran bueno en Atenas no tiene porque serlo en otros pueblos. Algunos sofistas llegaron a afirmar que el nómos es contrario a la phýsis, es decir, que lo que es bueno por naturaleza está prohibido por las leyes y las normas. En definitiva, los sofistas consideraron que las leyes, las normas morales, las costumbres e instituciones son convencionales y relativas. Convencionales porque son fruto de un acuerdo (explícito o no), no proceden de la naturaleza, ni de los dioses. Relativas porque carecen de validez universal: lo que es justo aquí y ahora no tiene porque serlo en todo momento y lugar. Debido a esto algunos sofistas llegaron a admitir que lo único que valía la pena era alcanzar el máximo de felicidad, que identificaron con el placer pues nada hay que tenga un valor absoluto y que esté por encima de mi felicidad. Contra esta actitud lucharon Sócrates, Platón y Aristóteles.
Además de relativistas los sofistas eran en mayor o menor medida escépticos. El desarrollo de las teorías de los filósofos presocrático no nos lleva a ninguna conclusión definitiva sobre el Universo. Además el atomismo de Demócrito que introduce el azar en su explicación del Cosmos abre claramente las puertas al escepticismo. Para los sofistas no es posible llegar a verdades absolutas sobre el Universo. Una de las máximas expresiones de esta escepticismo es la siguiente afirmación de Gorgias: «No hay ser, si lo hubiera, no podría ser conocido; si fuera conocido, no podría ser comunicado su conocimiento por medio del lenguaje»
Los sofistas más importantes son Protágoras de Abdera y Gorgias de Leontino.
[1] Arte del bien hablar, de embellecer la expresión de los conceptos, de dar al lenguaje escrito o hablado eficacia bastante para deleitar y persuadir o conmover.
[2] «nomós» significa la ley, el conjunto de normas políticas e instituciones establecidas por las cuales se rige una comunidad.

Sócrates
Aun siendo uno de los personajes más sugerentes de la historia de la filosofía, poco sabemos en realidad acerca de sus enseñanzas. Y si en los autores vistos hasta ahora esto se debía a que no han llegado hasta nuestra época sus escritos, en el caso de Sócrates se debe a que no escribió absolutamente nada. Lo que conocemos de él procede, fundamentalmente, de Platón y Aristóteles. Aunque Aristóteles no lo conoció personalmente dice que a él le debemos los razonamientos inductivos, es decir, aquel proceder demostrativo que va de lo particular a lo general y las definiciones generales: el intento de enunciar, definir, delimitar la esencia de algo, el qué es cada cosa: qué es la justicia, el bien, el amor, etc. Se lo identificó con los sofistas, pero no lo era puesto que jamás cobró por sus enseñanzas y estaba en contra del relativismo de los valores ético-políticos. Esta confusión se debió a que se interesaba por las mismas cuestiones que ellos. Nació en el 470/469 a.C. y murió en el 399 a.C., condenado a muerte. La acusación oficial fue de corromper a la juventud e introducir nuevos dioses; él cree que fue condenado por dedicarse a la filosofía.
Sócrates no es relativista ni escéptico, él cree que es posible y, sobre todo necesario el conocimiento, no se puede llevar una vida plenamente humana sin hacerse preguntas acerca de qué es el bien, la justicia o la felicidad y a ello dedica su vida, según nos cuenta Platón en la Apología de Sócrates. Desde su confesa ignorancia, «Solo sé que no sé nada» trataba de buscar la verdad interrogando a aquellos que decían saber y mostrando que eran aún más ignorantes que el propio Sócrates (ironía socrática). Una vez mostrada la falta de saber se inicia su búsqueda mediante el diálogo, a través de lo que se conoce cómo método socrático o mayeútica. “Mayeútica” es una palabra del griego que significa matrona, partera. Sócrates parece ser que decía que su trabajo era similar al realizado por su madre que era partera, solo que en vez de ayudar a traer niños al mundo el ayudada a “traer el conocimiento”, sacar a la luz las ideas y la verdad.
Defendió la validez universal de los valores y consideró que la verdadera excelencia (areté) no está en el éxito, la fama y el placer (como creían los sofistas), sino en el yo interior, en lo que podríamos denominar el alma. Hay que intentar alcanzar la excelencia de lo mejor de nosotros, no de nuestro cuerpo, ni de nuestras posesiones sino de nuestra mente, de nuestra racionalidad. Es la excelencia de esta última y lo que le es propio lo que debemos buscar.

Una de sus tesis morales más conocidas es el intelectualismo moral. Esta postura consiste en afirmar que sólo el que sabe qué es la justicia puede ser justo, sólo el que sabe en qué consiste el bien, puede ser bueno. Primero hay que saber (de ahí el “intelectualismo”) qué son los valores ético-políticos para poder practicarlos, para poder ser una buena persona en sentido moral. Esta teoría implica que nadie hace el mal a sabiendas, es decir, que el que hace algo malo lo hace porque no sabe que está mal. Así en vez de cárceles lo que necesitamos son escuelas. Pero, es esto realmente cierto, el que roba un banco ¿no sabe que es malo robar? Claro que lo sabe, pero si roba es porque cree que el dinero es un bien, es bueno para él. Lo que dice Sócrates es que no sabe que al buscar ese supuesto bien (el dinero) además de hacer una mal a los demás también se hace un mal a sí mismo, daña lo más importante de sí: su alma, su ser racional.
«Me pregunté, pues, a mí mismo, como si hablara por el oráculo, si querría más ser tal como soy sin la habilidad de estas gentes, e igualmente sin su ignorancia, o bien tener la una y la otra y ser como ellos, y me respondí a mí mismo y al oráculo, que era mejor para mí ser como soy. De esta indagación, atenienses, han oído contra mí todos estos odios y estas enemistades peligrosas, que han producido todas las calumnias que sabéis, y me han hecho adquirir el nombre de sabio; porque todos los que me escuchan creen que yo sé todas las cosas sobre las que descubro la ignorancia de los demás. Me parece, atenienses, que sólo Dios es el verdadero sabio, y que esto ha querido decir por su oráculo, haciendo entender que toda la sabiduría humana no es gran cosa, o por mejor decir, que no es nada; y si el oráculo ha nombrado a Sócrates, sin duda se ha valido de mí nombre como un ejemplo, y como si dijese a todos los hombres: «el más sabio entre vosotros es aquel que reconoce, como Sócrates, que su sabiduría no es nada.» (…)«Si, a pesar de las instancias de Anito, quien ha manifestado, que o no haberme traído ante el tribunal, o que una vez llamado no podéis vosotros dispensaros de hacerme morir, porque, dice, que si me escapase de la muerte, vuestros hijos, que son ya afectos a la doctrina de Sócrates, serian irremisiblemente corrompidos, me dijeseis: Sócrates, en nada estimamos la acusación de Anito, y te declaramos absuelto; pero es a condición de que cesarás de filosofar y de hacer tus indagaciones acostumbradas; y si reincides, y llega a descubrirse, tú morirás; si me dieseis libertad bajo estas condiciones, os respondería sin dudar: Atenienses, os respeto y os amo; pero obedeceré a Dios antes que a vosotros, y mientras yo viva no cesaré de filosofar, dándoos siempre consejos, volviendo a mi vida ordinaria, y diciendo a cada uno de vosotros cuando os encuentre: buen hombre, ¿cómo siendo ateniense y ciudadano de la más grande ciudad del mundo por su sabiduría y por su valor, cómo no te avergüenzas de no haber pensado más que en amontonar riquezas, en adquirir crédito y honores, de despreciar los tesoros de la verdad y de la sabiduría, y de no trabajar para hacer tu alma tan buena como pueda serlo? Y si alguno me niega que se halla en este estado, y sostiene que tiene cuidado de su alma, no se lo negaré al pronto, pero le interrogaré, le examinaré, le refutaré; y si encuentro que no es virtuoso, pero que aparenta serlo, le echaré en cara que prefiere cosas tan abyectas y tan perecibles a las que son de un precio inestimable. (…)»
