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Teorías éticas de los siglos XVIII y XIX: Kant, el utilitarismo y Nietzsche

La ética kantiana

Frente a otras teorías éticas que nos dicen que busquemos la felicidad, el placer o la utilidad Kant nos platea una ética totalmente distinta. Sostiene este autor que nuestro comportamiento moral no debe estar guiado por la búsqueda del placer o la utilidad sino por lo que la razón dice que es nuestro deber. Es decir, tenemos que hacer lo que hay que hacer; el comportamiento correcto se impone a mi conciencia como el más adecuado y debemos realizarlo aunque de ello no obtengamos ningún beneficio e incluso nos reporte algún perjuicio. Por ejemplo, si soy testigo de algún crimen y me amenazan a mí o a mi familia mi deber es denunciar el crimen aunque me pueda perjudicar. Si accedo a su chantaje estoy propiciando que el mal aumente.

Como buen ilustrado Kant parte de dos cuestiones:

  • es la razón la que debe guiar la conducta humana
  • la racionalidad es común a todos los seres humanos
  • la libertad es condición previa de la moralidad

Por tanto si nuestro comportamiento moral está dirigido por la razón podremos establecer normas morales universalmente válidas estableciendo una moral universal que no dependa de nuestros prejuicios, condicionantes culturales, preferencias personales, etc. Y si podemos alcanzar esa moral universal será un moral justa puesto que nadie se verá discriminado ni minusvalorado. A esa ley moral racional la denominó Kant Imperativo Categórico.

Inmanuel Kant es un filósofo ilustrado que nació y murió (1724-1804) en Könisberg, (en aquella época formaba parte de Prusia y hoy en día pertenece a Rusia). Entre sus obras más importantes podemos destacar:

  • Crítica a la Razón pura
  • Crítica a la Razón práctica
  • Crítica al Juicio
  • Repuesta a la pregunta ¿Qué es la Ilustración?
  • Fundamentación de la metafísica de las costumbres

 

Volvamos a la ética kantiana. En concreto, nos vamos a centrar en dos aspectos de su filosofía moral: primero vamos a hablar de qué es lo que hace que un acto sea bueno o malo y después nos detendremos un poco en las normas morales.

Según Kant, lo que hace de un acto bueno o malo no es el acto en sí, como piensa la mayoría de la gente, sino la intención que lo motiva. Es decir, no me hacer ser una buena persona el salvar a alguien de un peligro sino lo que me ha hecho salvarlo. Por ejemplo, si salvo a mi vecino cuya casa se está incendiando porque le ha tocado la lotería y sé que me va a recompensar por ello, entonces realmente no soy una buena persona. Si lo salvo sólo porque es mi deber, porque es lo que tengo que hacer sin importarme si es rico o pobre, amable o desagradable entonces sí que soy una buena persona y mi acto es moralmente correcto.

Distingue Kant tres tipos de acciones en el ámbito de moral:

Acciones contrarias al deber: Son aquellas en las que hago lo que no debo: matar, robar, mentir, etc. Estos actos son claramente inmorales.

Acciones conforme al deber: Es cuando hago lo que debo pero porque así puedo obtener un beneficio a cambio, como en el ejemplo anterior.

Acciones por deber: Sólo estas últimas me hacen ser realmente una buena persona. Son aquellos actos que realizamos por puro deber

Sólo cuando actúo por deber tengo la certeza de ser una buena persona, de tener una buena voluntad.

¿Pero cómo sé cuál es mi deber en cada caso concreto?, ¿es mi deber decir la verdad siempre o no? Cómo sé qué es lo que tengo que hacer porque no siempre está claro. Afirma nuestro autor que la moral se ocupa de establecer normas acerca de lo que debemos y no debemos hacer, es decir de imperativos. Las normas morales se nos presentan como una obligación, como un deber o un mandato que o bien nos ponemos a nosotros mismos y entonces seremos autónomos, o nos imponen los demás (padres, amigos, profesores, tradición, estereotipos, etc.) y en ese caso seremos heterónomos. Kant dice que hay dos tipos de imperativos: los hipotéticos y los categóricos.

Imperativos hipotéticos: Son aquellos imperativos que me imponen algo como condición para obtener alguna otra cosa. Por ejemplo: Si quieres que te ayude tienes que pertenecer a una ONG.; si quieres adelgazar tienes que dejar de comer pan; si quieres ir al cielo no debes matar. En todos estos casos se nos pone una condición  para cumplir las normas, pero qué ocurre si yo no quiero ir al cielo ¿entonces puedo matar? Precisamente para evitar esto Kant dijo que los imperativos de la moral tienen que ser categóricos.

Imperativos categóricos: Son aquellos que nos obligan sin ninguna condición previa, sin ningún premio o castigo, sólo porque es nuestro deber. Ejemplos de imperativos  categóricos serían muchas de las normas que conoces: No se debe matar, no se debe robar, no se debe mentir, etc. Estas normas nos obligan sin condición alguna, categóricamente.

¿Es el deber incompatible con la libertad? Al inicio del tema decíamos que para Kant y para casi todos los ilustrados la racionalidad y la libertad son las características constitutivas del ser humano, además la moralidad presupone la libertad. Por lo tanto, cualquier sistema ético que sea contrario a la libertad socava sus bases. Rousseau ya se había planteado este problema al preguntarse si es posible vivir en sociedad con las normas y leyes que esto supone y seguir ejerciendo la libertad que no es dada por naturaleza. Él dijo que sí, que uno puede ser libre cumpliendo las leyes de la sociedad si esas leyes se las ha dado uno mismo.

Kant, siguiendo esta idea, considera que sólo hay un imperativo apropiado para nosotros, los seres humanos, pues es el único compatible con nuestra libertad: Obra según una máxima[1] que puedas querer que se torne en ley universal. Es decir, obra de tal modo que cualquier ser humano aceptaría racionalmente.  Otra formulación posible del imperativo categórico sería: Obra de tal modo que trates a la humanidad, tanto en tu persona como en la de cualquier otro, siempre como un fin y nunca solamente como un medio. Es decir, no uses nunca a las demás personas únicamente como medio sino también como fin;  trata a todo el mundo con la dignidad[2] que se merece.

En resumidas cuentas, si queremos saber si la norma por la que nos guiamos es realmente una norma moral, es decir, me convierte realmente en una buena persona he de preguntarme: ¿es universalizable? o, lo que es lo mismo ¿valdría como norma en una legislación válida para todos los seres humanos? Si la respuesta es que sí, adelante, mi norma es correcta; si la respuesta es que no, no estoy actuando por deber, sino por placer o por algún principio egoísta.

 

Supongamos una persona que se ve obligada a tomar dinero prestado sabiendo muy bien que no podrá pagarlo; entiende que si no promete con toda firmeza devolverlo en un breve plazo nadie se lo prestará. Desea hacer esa promesa pero se pregunta: ¿no está prohibido y es contrario al deber ayudarse de este modo para salir de la necesidad? Si imaginamos que decide hacerlo su máxima sería: «Si creo encontrarme con necesidad de dinero, lo pido prestado y prometo pagarlo, aunque sepa que no lo haré jamás». Este principio del egoísmo o de la propia conveniencia puede ser perfectamente compatible con mi bienestar futuro pero aún queda una posible pregunta: ¿es lícito obrar así?, ¿qué ocurriría si mi máxima llegara a ser una ley universal?, ¿qué ocurriría si todo el mundo hiciese lo mismo?

 

[1] Máxima: norma por la que guío mis actos o principio subjetivo de la voluntad.

[2] Dignidad: respeto y consideración que toda persona merece por el mero hecho de serlo. Esta cualidad ética indica el valor absoluto de todos los seres humanos, sin condición ni requisitos. Esta propiedad se concreta en el hecho de que los seres humanos no deben ser instrumentalizados, no debes ser usado única y exclusivamente como medios para los fines de otros.

 

 

Utilitarismo moral

Podemos definir el utilitarismo como aquella teoría que juzga el valor o corrección de una acción, ley o institución teniendo en cuenta las consecuencias, esto es, dependiendo del bien que produzcan o del mal que eviten;  un  acto será bueno si produce mayor utilidad general que su contrario. El término utilitarismo fue introducido por Jeremy Bentham (1748-1832) y otro autor importante de esta corriente es John Stuart Mill (1806-1873). Bentahm decía: «La aprobación o desaprobación de una acción depende de su tendencia a aumentar o disminuir la felicidad de las personas cuyo interés está en juego»; esto es, depende de en qué medida promueve más que cualquier otra el mayor bien para el mayor número de individuos.

De acuerdo con este ideal, la bondad o maldad de una acción o norma no ha de juzgarse por los motivos o las intenciones, sino por sus consecuencias. El utilitarismo se opone con ello a las llamadas éticas de la intención, como la kantiana. La justificación y el grado de cualquier deber radica, pues, en su demostrada capacidad de aumentar el  placer o el bienestar general.

En la ética utilitarista el principio de la moral, como ya hemos dicho, es «la mayor felicidad para el mayor número posible de seres vivos.» Pues bien este principio funciona a la vez como criterio racional para decidir qué debo hacer. Es decir, un individuo actuará de forma moralmente correcta quien haga lo que proporciona el máximo placer al mayor número posible de seres vivos.

Afirman los autores utilitaristas que la conducta de los hombres está determinada por la búsqueda del placer y por evitar el dolor. El hombre busca siempre sus propios intereses que consisten en buscar el placer y huir del dolor. Pero no todos los placeres son iguales. Los placeres que provienen de producir satisfacción a los demás son más importantes que los que se obtienen sólo con la propia satisfacción. Así una conducta es buena si produce felicidad, y la felicidad propia incluye la felicidad de los demás por lo que se puede considerar como máxima suprema de la moralidad la siguiente: «es buena la acción que produce la mayor felicidad para el mayor número de personas.» El utilitarismo no es un hedonismo individualista que sólo busca el placer individual, sino que se convierte en una especie de hedonismo social que tiene en cuenta el bienestar de los demás seres humanos. Los utilitaristas identifican el bien con la utilidad, que a su vez nos proporcionará la felicidad.

Para los utilitaristas el fundamento de la moral no está en nuestra capacidad racional, no es la razón el fundamento de la moralidad sino que dicho fundamento se halla en nuestra capacidad para sentir dolor y placer.

Algunos problemas que plantea el utilitarismo.

  1. La idea de que el valor moral de una acción viene determinado por las consecuencias de dicha acción permite justificar los medios por los fines. Así si mi objetivo es buscar la felicidad de la mayoría puedo hacer algo malo (robar, matar, mentir) porque lo que importa son las consecuencias de los actos.
  2. El utilitarismo no puede proteger los derechos de las minorías si la meta es la mayor felicidad o bienestar para el mayor número de personas.
  3. Muchas veces no es fácil predecir lo que va a ser más útil para un mayor número de personas.

Imagen de John Stuart Mill procedente de Britannica.com

John Stuart Mill (1806-1873) filósofo y economista y uno de los creadores del utilitarismo moral. Defendió la libertad de expresión como condición para el desarrollo social e intelectual. También fue uno de los primeros pensadores varones en defender clara y públicamente la opresión en la que vivían las mujeres en su época.

Imagen de Mill procedente de Britannica.com

Algunas de sus obras más conocidas son:

  • Ensayos sobre algunas cuestiones disputadas en economía política.
  • Sobre la libertad
  • Consideraciones sobre el gobierno representativo
  • El utilitarismo
  • La esclavitud de las mujeres

Nietzsche

Nietzsche (1844-1900) es considerado uno de los grandes críticos de la cultura occidental: la ha observado y analizado despiadadamente Dicha cultura se asienta, según nuestro autor, sobre dos grandes pilares: la metafísica y la moral cristiana. Ambas van a ser denunciadas por Nietzsche como los grandes errores de la humanidad. La metafísica no es más que la historia de un error, mientras que la moral cristiana es fruto del miedo y del resentimiento de los débiles contra la vida. Más tarde añadirá que la primera se basa en la segunda, es decir, que la metafísica es fruto de la necesidad de crear valores, de establecer valores y en ella se ha impuesto la valoración de los débiles, de los incapaces, de los que no soportan el dolor y el devenir del ser. Nietzsche no siempre ha tenido buena prensa entre los filósofos porque considera la metafísica como la historia de un error, pero supone un alto en el camino, una llamada de atención al desarrollo de la cultura occidental que, como poco, merece ser tenido en cuenta.

La obra de Nietzsche tiene dos objetivos claramente diferenciados que van intercalándose a lo largo de su obra. Por un lado su crítica al pensamiento precedente, y en general, a los elementos más fundamentales de la cultura occidental. Es lo que Nietzsche llamó «la filosofía que dice no», es decir, la parte crítica de su filosofía. Por otra parte, Nietzsche explica cual era su visión del mundo y como es el hombre acorde con esa visión. Es lo que denominó la «filosofía que dice sí».

La genealogía: crítica a la moral y a la religión

 

La genealogía es una forma de hermenéutica que consiste en explicar y, sobre todo, en desenmascarar algo. Literalmente significa la serie de los ascendientes de un individuo. Es decir, tal y como la emplea Nietzsche, el procedimiento mediante el cual se atiende tanto al momento en que un fenómeno surge, a su origen como a su evolución histórica. Así Nietzsche pretende desenmascarar esos valores que nuestra cultura ha calificado de absolutamente buenos: la humildad, la bondad, la sinceridad, la resignación… acudiendo a su origen y mostrando que son fruto de la cobardía, del resentimiento.

 

Retrato de Nietzsche por E. Munch

«Un poco de aleccionamiento histórico y filológico, y además una innata capacidad selectiva en lo que respecta a las cuestiones psicológicas en general, transformaron pronto mi problema en este otro: ¿en qué condiciones se inventó el hombre esos juicios de valor que son las palabras bueno y malvado?, ¿y qué valor tienen ellos mismos? ¿Han frenado o han estimulado hasta ahora el desarrollo humano? ¿Son un signo de indigencia, de empobrecimiento, de degradación de la vida? ¿O, por el contrario, en ellos se manifiesta la plenitud, la fuerza, la voluntad de vida, su valor, su confianza, su futuro? –Dentro de mí encontré  y osé dar múltiples respuestas a tales preguntas, distinguí tiempos, pueblos, grados jerárquicos de los individuos, especialicé mi problema, las respuestas se convirtieron en nuevas preguntas, investigaciones, suposiciones y verosimilitudes: hasta que acabé por poseer un país propio, un terreno propio, todo un mundo reservado que crecía y florecía, unos jardines secretos, si cabe la expresión de los que a nadie le era lícito barruntar nada…¡Oh, qué felices somos nosotros los que conocemos, presuponiendo que sepamos callar durante suficiente tiempo!»  (Nietzsche 1997, pág. 24)

La moral vigente tiene su origen en el cristianismo y, según Nietzsche, éste halló una base filosófica que diera enjundia a su propuesta moral en el platonismo. La moral judeocristiana ha impuesto una serie de valores: dolor, sufrimiento, debilidad, inhibición que son contrarios a la vida, que atacan los instintos vitales y demonizan todo lo que es alegría, goce, fuerza, plenitud: en definitiva la exuberancia propia de la vida. Por ello dice Nietzsche que es una moral contranatural, contraria al hombre. Lo que hace el cristianismo es intentar darle un sentido al sufrimiento humano para que éste sea soportable: sufrimos porque somos culpables (esa es la crueldad del cristianismo, su traición a la vida es hacernos culpables, pecadores). Sufrir ayuda a alcanzar el otro mundo, el Mundo Verdadero. Como se puede ver el mundo de las Ideas sirve de más allá religioso. La praxis de la Iglesia es hostil a la vida «La vida acaba donde comienza el reino de Dios» (Nietzsche 1998, pág. 63)

Nietzsche establece una clara distinción entre la moral de los débiles y la moral de los fuertes, de los señores. La moral de los débiles es la representada por el cristianismo y también por el socialismo, anarquismo, comunismo y demás humanitarismos que tan sólo son versiones secularizadas del cristianismo (todos los paternalismos). Esta moral tiene como fundamento el resentimiento. El resentimiento no es más que la agresividad del débil e impotente que no se atreve a expresarse abiertamente, a luchar, a crear valores. Como no se atreve a ser fuerte, tiene miedo al enfrentamiento, justifica y ensalza los valores de la debilidad (algo así como la fábula de la zorra y las uvas: están verdes) y de la muerte: la compasión, la bondad, la caridad, la igualdad, la sumisión, la felicidad del otro. Como no se atreve a ser señor quiere que nadie lo sea. Elimina las jerarquías. La moral de los débiles culpabiliza a los fuertes, les crea mala conciencia haciendo creer que la fuerza y los valores asociados a ella (alegría, jovialidad, risa, ímpetu) son malos. Es, además,  una moral gregaria: el individuo desaparece en el grupo. Está ligada al nihilismo que inventa otros mundos mejores que éste donde los malos (los fuertes) serán castigados y los débiles, sumisos sufridores que jamás se han rebelado, que jamás han tenido valor para decir no, serán recompensados. La moral de los fuertes, de los señores, la moral que Nietzsche nos propone es una moral creadora que dice sí a la vida tal y como es. Es una moral individualista y conquistadora. Está ligada a la voluntad de poder. No acepta los valores establecidos ni el deber. Frente al «yo debo» propone el «yo quiero». No rechaza la ayuda al débil siempre y cuando esa ayuda no se dispense por piedad o por compasión, ni bajo el efecto de la culpabilidad, sino a partir de una sobreabundancia de energía. Es la moral asociada al superhombre, que acepta el devenir y el eterno retorno. No teme al dolor, al sufrimiento, a la soledad, es más, los considera partes imprescindibles de la vida.

 

«…necesitamos una crítica de los valores morales, hay que poner alguna vez en entredicho el valor mismo de esos valores –y para esto se necesita tener conocimientos de las condiciones y circunstancias de que aquéllos surgieron, en las que se desarrollaron y modificaron (la moral como consecuencia, como síntoma, como máscara, como tartufería, como enfermedad, como malentendido; pero también la moral como causa, como medicina, como estímulo, como freno, como veneno), un conocimiento que hasta ahora ni ha existido ni tampoco se lo ha siquiera deseado. Se tomaba al valor de esos “valores” como algo dado, real y efectivo, situado más allá de toda duda; hasta ahora no se ha dudado ni vacilado lo más mínimo en considerar que el “bueno” es superior en valorar a “el malvado”, superior en valorar en el sentido de ser favorable, útil, provechoso para el hombre como tal (incluido el futuro del hombre). ¿Qué ocurriría si la verdad fuera lo contrario? ¿Qué ocurriría si en el “bueno” hubiese también un síntoma de retroceso, y asimismo un peligro, una seducción, un veneno, un narcótico, y que por causa de esto el presente viviese tal vez a costa del futuro? ¿Viviese quizá de manera más cómoda, menos peligrosa, pero también con un estilo inferior, de modo más bajo?…¿De tal manera que justamente la moral fuese culpable de que jamás se alcanzasen una potencialidad y una magnificencia sumas, en sí posibles, del tipo de hombre? ¿De tal manera que justamente la moral fuese el peligro de los peligros?» (Nietzsche 1997, pág. 28)

 

La moral de los fuertes es la moral «natural» en el sentido de que es acorde con la vida, mientras que la moral de los esclavos es una moral contranatural, va en contra de la vida y de los instintos vitales, de la vida entendida como voluntad de poder ¿Cómo logró imponerse esta moral contranatural? Gracias a los sacerdotes. Son débiles, cobardes pero inteligentes. No se atreven a enfrentarse a los señores, pues carecen de la fuerza necesaria para ello, pero desean su poder. Se alían con la masa y consiguen que ésta se rebele contra la jerarquía existente para imponer así sus valores morales. La moral de los débiles, la moral cristiana es una moral enferma.

La moral es fruto de los valores y el hombre no puede vivir sin valorar. Todo lo que hacemos y pensamos, todas nuestras teorías científicas, nuestro anhelo de verdad no es más que el fruto de unos determinados valores, de una determinada valoración de la realidad ¿Quiere esto decir que toda valoración es válida, qué todo vale? No. Es necesario valorar pero hay valores, visiones, perspectivas morales que favorecen la vida, que son sanas [1] y hay otras que van en contra de la vida, están enfermas. El criterio para distinguir la moral no puede ser el bien y el mal, puesto que aquello que llamamos bien y mal dependen ya de una determinada valoración. No existen fenómenos morales, sino una interpretación moral de los fenómenos. Hemos de ir más allá del bien y del mal; el criterio es si favorece o no la vida. Toda valoración es fruto de la voluntad de poder, es decir, de la vida ¿Qué sentido tiene un determinado conjunto de valores si va en contra de lo que lo ha hecho posible, de la vida misma?

Nietzsche critica al cristianismo el haber engendrado una moral contra la vida, pero también (y de esto es responsable el platonismo) de imponer un catálogo de valores desde fuera de la vida. Lo que critica Nietzsche es la idea de un orden moral que a modo de guía dirige la historia de la humanidad. Este orden moral no viene dado por el hombre, ya que nada que proceda del hombre pude ser absoluto, sino que viene impuesto por “Dios”: si Dios ha sido hasta ahora la gran objeción contra la vida, contra la existencia neguemos a Dios y así redimiremos al mundo, al  hombre, al individuo. El ser humano no necesita de Dios, «Dios ha muerto»

[1]Nietzsche llama sano a lo que se encuentra reconciliado con su condición finita

 

Bibliografía

– Bréhier, E. (1988): Historia de la Filosofía, Madrid Tecnos

– Camps, V. (Ed.), (1988): Historia de la ética, Barcelona, Crítica

– Hottois, G. (1999): Historia de la Filosofía. Del Renacimiento a la Posmodernidad, Madrid, Cátedra 

– Nietzsche, F. (1997): La genealogía de la moral, Madrid, Alianza Editorial

– Nietzsche, F. (1998): El crepúsculo de los ídolos, Madrid, Alianza Editorial